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La Torre de Babel: El Poder de las Palabras…

El lugar donde las palabras tuvieron poder por primera vez…

mes

febrero 2008

LAS 100 PELICULAS QUE NO PUEDES DEJAR DE VER ANTES DE MORIR: Casablanca…. Un Café al que todos quisiéramos ir…

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Hace uno días Lully, una blogger amiga, me ha dejado el comentario de que esta sería una película que no debería faltar. Es cierto, esta película debe estar, por miles de razones; pero sobre todo por que, como muchas otras, esta película ha marcado el imaginario colectivo de varias generaciones; que es una de las razones que da origen a esta sección, la idea de las 100 peliculas no es nombrar a las 100 mas ganadoras (eso ya lo ha hecho la industria del cine en repetidas ocaciones) sino a las 100 más recordadas, de ahí que en esta sección este Tiburón de Spilerberg, que fue muy taquillera pero poco premiada, se trata de ahondar en las imagenes que  persisten en nuestra memoria aún despues de mucho tiempo y que se han vuelto referente obligado de la cultura moderna.
una de las escenas finales de esta  joya del cine… y Rick le dice sin titubeos “Siempre tendremos París..”
Casablanca es una de esas peliculas, que siempre estan rondando la mente de las personas, hay escenas inolvidables y frases que han quedado para siempre en nuestros oídos; con una factura maravillosa, la película es una pieza de joyería, dramática y llena de un romanticismo épico, en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial; un hombre común en medio de un conflicto que lo supera por mucho, se debate entre el amor y el deber.
Este es un tema inolvidable… As Time Goes By
El guión es simple (como muchos de los mejores guiones del cine) pero sólido; basado en uno de los grandes problemas no resueltos del hombre (el placer o el deber) cuenta la historia entre Rick Blaine (Humphrey Bogart) y Ilsa Lund (Ingrid Bergman), siendo el tercero en discordia Victor Laszlo (Paul Henreid);Durante la Segunda Guerra Mundial Rick Blaine, un amargado y cínico estodounidense expatriado por oscuras causas que no se revelan, administra el local nocturno más popular de Casablanca (Marruecos), el «Café de Rick». Éste es un lugar exclusivo y un antro de juego que atrae una clientela variada: gente de la Francia de Vichy, oficiales de la Alemania nazi, asilados políticos y ladrones. A este lugar logra llegar Ugarte (Peter Lorre), un criminal menor, llega al club de Rick con «cartas de tránsito» que obtuvo tras asesinar a dos mensajeros alemanes. Los documentos permiten al poseedor el libre tránsito a través de la Europa controlada por los nazis y llegar, incluso, a la neutral Lisboa (Portugal), de la cual se podría partir a los Estados Unidos. Entretanto la razón de la amargura de Rick llega de nuevo a su vida. Se trata de su ex-amante, Ilsa Lund (Ingrid Bergman) que le abandonó en París sin dar explicaciones y quien, junto a su esposo Victor Laszlo (Paul Henreid), entra al Café esa noche para comprar las cartas. Laszlo es un renombrado lider de la resistencia checa que enfrenta a los nazis. La pareja necesita las cartas dejar Casablanca y salir hacia los Estados Unidos, desde donde él podría continuar su labor; de ahí en adelante la película deambula entre diálogos afilados, y un fuerte confusión emocional; hay de todo, corazones atormentados, idealismo en medio de la guerra, sacrificio por la cusa, el miserable de turno. Todo para completar una de las cintas más a aplaudidas y recordadas del cine Moderno.
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 Lo que sigues es, como siempre la ficha técnica que esta vez viene con algún agregado que encontre:
Título:                                    Casablanca
Dirección:                             Michael Curtiz
Duración:                             102 minutos
Año:                                        1942
Dirección artística:          Carl Jules Weyl
Producción:                        Hal B. Wallis
País(es):                               Estados Unidos
Género:                                 Drama, Romance, Guerra
Reparto:
Tres actores encabezan la cinta: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman y Paul Henreid.
Humphrey Bogart como Rick Blaine: El neoyorquino Bogart se convirtió en estrella en Casablanca. Al inicio de su carrera el había sido simplemente encasillado como gángster, interpretando papeles en los que recibía nombres como: Bugs, Rocks, Turkey, Whip, Chips, Gloves y Duke (dos veces). En la película High Sierra de 1941 se le permitió interpretar un papel con cierto carisma, pero ciertamente Rick fue su primera interpretación con un rol verdaderamente romántico.
Ingrid Bergman como Ilsa Lund: El sitio web oficial de Bergman menciona a Ilsa como su «papel más famoso y perdurable». El debut hollywoodense de la actriz sueca en Intermezzo en 1939, había sido bien recibido, pero sus películas subsecuentes no fueron nada extraordinario sino hasta Casablanca. Ebert la califica como «luminosa», y comenta la química entre ella y Bogart: «ella pinta la cara de él con sus ojos.». Otras actrices consideradas para interpretar a Ilsa habían sido Ann Sheridan, Hedy Lamarr y Michèle Morgan; Wallis adquirió los servicios de Bergman mediante un contrato con David O. Selznick, a cambio de prestarle a Olivia de Havilland.
Paul Henreid como Victor Laszlo: Henreid, actor austriaco que había abandonado su país natal en 1935, rechazaba tomar el papel (ya que pensaba que éste «lo encartonaría para siempre», según el declaró de Pauline Kael), y sólo lo aceptó cuando recibió la promesa de encabezar el reparto junto a Bogart y Bergman. Henreid no se llevó muy bien con sus compañeros actores. De hecho, consideraba a Bogart no más que «un actor mediocre», mientras que Bergman calificó a Henreid como una «prima donna»

Los actores secundarios fueron: Claude Rains, Sydney Greenstreet, Peter Lorre y Conrad Veidt.

Claude Rains: como el capitán Louis Renault. Rains, actor londinense, curiosamente había servido en la Primera Guerra Mundial, en donde efectivamente había alcanzado el grado de capitán. Además como actor había ya trabajado previamente con Michael Curtiz en Robin de los bosques. Curtiz fue su maestro y se dice que le enseñó «qué no hacer frente a una cámara»

Sydney Greenstreet: como el Señor Ferrari, propietario de un club de la competencia. También él era un actor inglés y había protagonizado previamente junto a Lorre y Bogart en el debut cinematográfico de éste, El halcón maltés.

Peter Lorre: como el Señor Ugarte. Lorre fue un actor judío austrohúngaro que había trabajado en Alemania, la cual abandonó tras la llegada de los nazis al poder en 1933. También él había trabajado en El halcón maltés.

Conrad Veidt: como el Mayor Strasser de la Luftwaffe. Veidt, actor alemán, había aparecido en El gabinete del Doctor Caligari, en 1920, antes de también él huir de los nazis (una semana después de haberse casado con una mujer judía) y terminar su carrera interpretando nazis en los filmes estadounidenses.

Casablanca es, sin duda alguna, una de las 100 imprescindibles cuando de ver cine se trata, una película que es alto oblgado en lo que a ver cine se refiere. Véanla y no dejarán de cantar esa canción… As Time Goes By.
Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora.

FIDEL CASTRO: El Comandante cede la conducción de la revolución…

Es un hombre que ha luchado toda su vida, un hombre que en 50 años no ha tenido tregua (ni la ha dado). Largo  ha sido el camino; desde el Granma a la Sierra Maestra; desde la Sierra  hasta la entrada a la Habana. Y  después la reconstrucción, la resistencia.
El camino de Fidel estos años de revolución, estos años al frente de Cuba, ha sido un camino muy discutido, lleno de dificultades; los exitos y los fracasos han acompañado el camino de los revolucionarios a travez de ls años,  y no ha sido facil construir la Cuba de hoy, porque con todo y que estan desabastecidos, permanentemente bombardeados por la propaganda, con todo y que después de casi 50 años todavía son  una prioridad, para la CIA  y el Departamento de Estado norteamericano; con todo eso, Cuba ha podido hacer grandes cosas, en salud, educación y agricultura.
Y es que más allá de cualquier diferencia política que se pueda tener; hay que reconocer el proceso Cubano, como un proceso que ha marcado la historia de este continente.
Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora
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 Lo que sigue es el texto completo del mesaje de Fidel, explicando, sus motivos:
Mensaje del Comandante en Jefe
 
Queridos compatriotas:

Les prometí el pasado viernes 15 de febrero que en la próxima reflexión abordaría un tema de interés para muchos compatriotas. La misma adquiere esta vez forma de mensaje.

Ha llegado el momento de postular y elegir al Consejo de Estado, su Presidente, Vicepresidentes y Secretario.

Desempeñé el honroso cargo de Presidente a lo largo de muchos años. El 15 de febrero de 1976 se aprobó la Constitución Socialista por voto libre, directo y secreto de más del 95% de los ciudadanos con derecho a votar. La primera Asamblea Nacional se constituyó el 2 de diciembre de ese año y eligió el Consejo de Estado y su Presidencia. Antes había ejercido el cargo de Primer Ministro durante casi 18 años. Siempre dispuse de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo.

Conociendo mi estado crítico de salud, muchos en el exterior pensaban que la renuncia provisional al cargo de Presidente del Consejo de Estado el 31 de julio de 2006, que dejé en manos del Primer Vicepresidente, Raúl Castro Ruz, era definitiva. El propio Raúl, quien adicionalmente ocupa el cargo de Ministro de las F.A.R. por méritos personales, y los demás compañeros de la dirección del Partido y el Estado, fueron renuentes a considerarme apartado de mis cargos a pesar de mi estado precario de salud.

Era incómoda mi posición frente a un adversario que hizo todo lo imaginable por deshacerse de mí y en nada me agradaba complacerlo.

Más adelante pude alcanzar de nuevo el dominio total de mi mente, la posibilidad de leer y meditar mucho, obligado por el reposo. Me acompañaban las fuerzas físicas suficientes para escribir largas horas, las que compartía con la rehabilitación y los programas pertinentes de recuperación. Un elemental sentido común me indicaba que esa actividad estaba a mi alcance. Por otro lado me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo en medio de la batalla. Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación después de tantos años de lucha. Nunca dejé de señalar que se trataba de una recuperación “no exenta de riesgos”.

Mi deseo fue siempre cumplir el deber hasta el último aliento. Es lo que puedo ofrecer.

A mis entrañables compatriotas, que me hicieron el inmenso honor de elegirme en días recientes como miembro del Parlamento, en cuyo seno se deben adoptar acuerdos importantes para el destino de nuestra Revolución, les comunico que no aspiraré ni aceptaré – repito- no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe.

En breves cartas dirigidas a Randy Alonso, Director del programa Mesa Redonda de la Televisión Nacional, que a solicitud mía fueron divulgadas, se incluían discretamente elementos de este mensaje que hoy escribo, y ni siquiera el destinatario de las misivas conocía mi propósito. Tenía confianza en Randy porque lo conocí bien cuando era estudiante universitario de Periodismo, y me reunía casi todas las semanas con los representantes principales de los estudiantes universitarios, de lo que ya era conocido como el interior del país, en la biblioteca de la amplia casa de Kohly, donde se albergaban. Hoy todo el país es una inmensa Universidad.

Párrafos seleccionados de la carta enviada a Randy el 17 de diciembre de 2007:

“Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales de la sociedad cubana, que posee un promedio educacional cercano a 12 grados, casi un millón de graduados universitarios y la posibilidad real de estudio para sus ciudadanos sin discriminación alguna, requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.

“Mi deber elemental no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir.

“Pienso como Niemeyer que hay que ser consecuente hasta el final.”

Carta del 8 de enero de 2008:

“…Soy decidido partidario del voto unido (un principio que preserva el mérito ignorado). Fue lo que nos permitió evitar las tendencias a copiar lo que venía de los países del antiguo campo socialista, entre ellas el retrato de un candidato único, tan solitario como a la vez tan solidario con Cuba. Respeto mucho aquel primer intento de construir el socialismo, gracias al cual pudimos continuar el camino escogido.”

“Tenía muy presente que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, reiteraba en aquella carta.

Traicionaría por tanto mi conciencia ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer. Lo explico sin dramatismo.
 
Afortunadamente nuestro proceso cuenta todavía con cuadros de la vieja guardia, junto a otros que eran muy jóvenes cuando se inició la primera etapa de la Revolución. Algunos casi niños se incorporaron a los combatientes de las montañas y después, con su heroísmo y sus misiones internacionalistas, llenaron de gloria al país. Cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo. Dispone igualmente nuestro proceso de la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución.
 
El camino siempre será difícil y requerirá el esfuerzo inteligente de todos. Desconfío de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis. Prepararse siempre para la peor de las variantes. Ser tan prudentes en el éxito como firmes en la adversidad es un principio que no puede olvidarse. El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos mantenido a raya durante medio siglo.

No me despido de ustedes. Deseo solo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título “Reflexiones del compañero Fidel” . Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso.


Gracias

Fidel Castro Ruz

18 de febrero de 2008
5 y 30 p.m.

LAS 100 PELICULAS QUE NO PUEDES DEJAR DE VER ANTES DE MORIR: Tiburon… O las mandibulas mas famosas del celuloide…

¿Porque esta pelicula? Simple, porque es genial, y tiene una de las escenas mas famosas y mas vistas del cine…

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La película Tiburón, de Spielberg, tiene un millón y medio de razones para tener su lugar entre las 100 imperdibles. ¿Que razones? bueno, podemos empezar con la musica, escrita por John Williams, y por la cual recibio un Oscar de la Academia, el tiburon de goma que a estas alturas es legendario en el cine, la secuencia en el mar, actuaciones brillantes como la de Roy Scheider fallecido hace pocos días, así podemos seguír sumando. Una pelicula que marco pauta (sin proponerselo) en lo que a suspenso se refiere; Cuenta la leyenda que cuando Spielberg decide hacer la pelicula, llama a los técnicos en FX (efectos especiales) para que le construyeran “al protagonista” de la pelicula, y el resultado fue tan malo, que Spielberg, decidio demorar hata el ultimo minuto su aprición para evitar el desastre, lo que a la postre resulto la formula magica del suspenso moderno.

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Robert Shaw

La trama, es muy simple y por lo mismo agil y dinamica lo que  nos permite centrarnos en el movimiento y no en la profundidad. Bueno, la historia cuenta la vida y milagros de un comisario de policia (Roy Scheider) recien transferido a un pequeño paraíso vacacional en el que debe  investigar la muerte de una chica de playa, el resultado comienza a ser de lo mas espeluznante cuando mas y mas vacacionistas comienzan a desaparecer, y comienzan a parecer los pedazos de las victimas, por lo que se piensa en un ataque de tiburon, por lo que se llama a un oceanografo (Richard Dreyffus) para que lo confirme; el resultado de la investigación, es la presencia en las costas de un enorme escualo de mas de 10 metros del que hay que deshacerse, el resultado es la aterradora cacería del escualo de la  mano de un caza tibrones (Robert Shaw) ….

La escena final… que una escena de leyenda y un clasico del cine…

Esta es de esas peliculas, que siempre, siempre permaneceran en la mente de todos los que la vimos y los que”nos aterramos” a ver al enorme escualo mecanico saliendo del agua para comerse a los actores….

 

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                               Robert Shaw, Roy Scheider y Richard Dreyfuss

en esta ocación la ficha tecnica va al final…

TITULO ORIGINAL Jaws
AÑO                                1975
DURACIÓN                  124 min.
PAÍS                               EE.UU.
DIRECTOR                   Steven Spielberg
GUIÓN                           Peter Benchley & Carl Gottlieb (Novela: Peter Bentchley)
MÚSICA                        John Williams
FOTOGRAFÍA            Bill Butler
REPARTO                    Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Lorraine                                         Gary, Murray Hamilton, Carl Gottlieb, Jeffrey C. Kramer
PRODUCTORA          Universal Pictures presents a Zanuck/Brown Production

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora

RESCATANDO A BORGES: Las Ruinas Circulares…

De regreso con el rescate de los latinoamericanos; poetas, narradores, novelistas, incluso dramaturgos (ya publicare alguna obra…), todos diferentes, todo iguales en su valor para la cultura del continente. En este rescate no he diferenciado entre poesía, narrativa o novelística; ya que para los efectos de rescatar cultura, esas clasificaciones son intrascendentes. Ya que la composición de la creación literaria en el continente, muchas veces sobrepasa las clasificaciones, sobre todo en relación con la lírica y la dramaturgia, la segmentación de los tipos literarios no me pareció en absoluto necesaria. Los prosistas y poetas latinos, que en lo particular son disímiles, tienen en lo fundamental raíces similares; en sus historias, sus imaginarios, sus cosmogonías; a pesar de sus diferencias particulares y sus similitudes generales, los ojos de los creadores latinos, mira con la misma mirada a todos los hijos de este castigado continente. A través de estas letras que se rescatan, se rescata la memoria de esta tierra; historia que amenaza con perderse y olvidarse, en manos de una industria cultural desechable y comercializada; abandonada a la mediocridad del comercio y el consumo. La responsabilidad de rescatar la memoria del continente, es nuestra responsabilidad, nuestra memoria.
Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora  

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LA BIBLIOTECA DE BABEL
Jorge Luis Borges

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito. Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron… Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos… Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito… En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre – ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! – lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la única – está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

FIN

PHILIP K DICK, EL GENIO DE LA FICCIÓN CIENTIFICA: Servir al Amo…

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Este breve texto pertenece a un genio de la Fantasía y la Ficción Científica (sí, es adrede…). Autor de textos maravillosos, Philip Kindred Dick nace el 16 de diciembre de 1928, Chicago, Illinois, Estados Unidos  para facllecer el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana, California,en los Estados Unidos; más conocido como Philip K. Dick, prolífico escritor y novelista estadounidense de ciencia ficción, influyó notablemente en dicho género. Aclamado durante su  vida por sus contemporáneos; personajes como Robert A. Heinlein o Stanisław Lem. Dick sin embargo, obtuvo poco reconocimiento antes de su muerte. Tras haber muerto sin embargo, la adaptación al cine de varias de sus novelas lo dio a conocer al público masivo. Su obra es hoy una de las piedras angulares de la ciencia ficción.

 

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Con una bibliografía kilométrica, Dick se ha ganado el reconocimiento del público y el respeto de la crítica. Gran parte de sus muchas historias cortas y obras menores fueron publicadas por revistas pulp. A continuación les dejo la primera parte del texto “Servir al Amo…”
Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora

                               SERVIR  AL  AMO

Applequist tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta bostezante de un precipicio, y entonces oyó la voz.Se paró en seco y empuñó la pistola. Escuchó durante largo rato pero sólo captó el lejano roce del viento entre los árboles truncados que bordeaban el risco, un murmullo que se confundía con el crujido de la hierba reseca bajo sus pies. La voz procedía del barranco, su fondo se veía enmarañado y lleno de desperdicios. Se acuclillo en el borde y trató de localizar la voz.

No percibió ni un movimiento, nada que revelara el origen. Las piernas empezaron a dolerle. Las moscas zumbaron a su alrededor y se posaron en su frente sudorosa. El sol le producía dolor de cabeza. Las nubes de polvo habían sido bastante finas durante los meses pasados.

Su reloj a prueba de radiaciones le informó de que eran las tres.

Por fin, se encogió de hombros y se levantó con dificultades. A la mierda. Que envíen una patrulla armada. No era su problema. Era un cartero de cuarta categoría, y un civil, por añadidura.

Mientras trepaba por la colina en dirección a la carretera volvió a escuchar el sonido. Y ahora, desde un lugar que dominaba el barranco, captó un fugaz movimiento. Experimentó temor e incredulidad. No era posible…, pero lo había visto con sus propios ojos. No era un rumor propagado por las circulares de noticias.

¿Que hacia un robot en el barranco desierto? Todos los robots habían sido destruidos años antes. Sin embargo, allí estaba, entre los desperdicios y las malas hierbas. Un amasijo oxidado medio corroído. Le había llamado con voz débil cuando pasaba por el sendero.

El anillo defensivo de la Compañía le permitió salvar los tres controles y penetrar en la zona del túnel. Descendió lentamente, absorto en sus pensamientos, hasta llegar al nivel de organización. Mientras se quitaba la saca de correos, el supervisor asistente Jenkins se acercó a toda prisa.

– ¿Dónde coño se ha metido? Son casi las cuatro.

– Lo siento. – Applequist devolvió la pistola al guardia más cercano -. ¿Qué posibilidades tengo de obtener un permiso de cinco horas? Me gustaría investigar algo.

– Ni una. Ya sabe que el ala derecha está desguarnecida. Es necesario que todo el mundo esté en alerta las veinticuatro horas.

Applequist procedió a separar las cartas. La mayoría eran de tipo personal, intercambiadas entre supervisores principales de Empresas Norteamericanas. Cartas dirigidas a mujeres de vida alegre, más allá de la periferia de la Compañía. Cartas dirigidas a familias, así como peticiones a oficiales de menor rango.

– En ese caso – dijo con aire pensativo -, tendré que ir como sea.

Jenkins escrutó al joven con suspicacia.

– ¿Qué sucede? ¿Ha encontrado algún aparato incólume, un escondite subterráneo?

Applequist estuvo a punto de contárselo, pero no lo hizo.

– Tal vez – contestó con indiferencia -. Es posible.

Jenkins le dedicó una mueca de odio y abrió las puertas de la cámara de observación. Los oficiales estaban examinando las actividades del día ante un gran plano mural. Media docena de hombres maduros, la mayoría calvos, con el cuello de la camisa sucio y manchado, derrumbados en butacas. En una esquina, el supervisor Rudde dormía, sus gordas piernas extendidas frente a él. La camisa abierta dejaba al descubierto el vello del pecho. Estos eran los hombres que dirigían la compañía de Detroit. Diez mil familias, todo el refugio subterráneo, dependían de ellos.

– ¿Qué tiene en mente? – retumbó una voz en el oído de Applequist. El director Laws había entrado en la cámara y pillado a todo el mundo desprevenido, como de costumbre.

– Nada, señor – respondió Applequist, pero los ojos acerados, azules como la porcelana, sondearon sus pensamientos -. La fatiga habitual. Me ha subido la tensión. Tenía la intención de tomar unas horas de permiso, pero con tanto trabajo…

– No trate de engañarme. No se necesitan carteros de cuarta categoría. ¿Cuál es su auténtica intención?

– Señor, ¿por qué fueron destruidos los robots? – preguntó Applequist de sopetón.

Se hizo el silencio. El rostro rotundo de Laws transparentó sorpresa, y después hostilidad. Applequist se apresuró a continuar antes de que el hombre pudiera hablar.

– Sé que está prohibido a mi clase hacer preguntas teóricas, pero es muy importante que lo averigüe.

– El tema está cerrado – replicó Laws en tono amenazador -. Incluso para el personal de máximo nivel.

– ¿Cuál fue la relación de los robots con la guerra? ¿Por qué se declaró la guerra? ¿Cómo era la vida antes de la guerra?

– El tema está cerrado – repitió Laws.

Caminó con parsimonia hacia el plano mural y Applequist se quedó solo entre el ruido de las máquinas, entre los murmullos de los oficiales y burócratas.

Reanudó la selección de cortes como un autómata. Había estallado la guerra y los robots se vieron mezclados en ella. Eso lo sabía. Algunos habían sobrevivido. De niño, su padre le había llevado a un centro industrial y los había visto, trabajando en sus máquinas. En otro tiempo habían sido muy complejos. Ya habían desaparecido; pronto acabarían con los sencillos. Ya no se fabricaba ni uno más.

– ¿Qué ocurrió? – había preguntado, cuando su padre se lo llevó a rastras -. ¿Adónde han ido a parar todos los robots?

No obtuvo ninguna respuesta. Eso había sucedido dieciséis años antes, y ahora ya no quedaba ninguno. Hasta el recuerdo de los robots estaba desapareciendo. Dentro de unos años, la palabra se borraría del diccionario. Robot. ¿Qué había pasado?

Terminó con las cartas y salió de la cámara. Ningún supervisor se dio cuenta; estaban discutiendo algún punto erudito de estrategia. Maniobras y contramaniobras entre las compañías. Tensión e intercambio de insultos. Encontró un cigarrillo arrugado en el bolsillo y lo encendió con mano inexperta.

– Llamada a cenar – anunció el altavoz del pasadizo -. Una hora de descanso para el personal de máximo nivel.

Algunos supervisores pasaron ruidosamente a su lado. Applequist apagó el cigarrillo y se dirigió a su puesto. Trabajaría hasta las seis. Después, sería su hora de cenar. Ningún otro descanso hasta el sábado. Claro que si no iba a cenar.

El robot debía de ser de poca categoría, perteneciente al grupo final liquidado. El tipo inferior que había visto de niño. No podía ser uno de los complicados robots de la guerra. Haber sobrevivido en el barranco, haberse oxidado y podrido durante todos aquellos años transcurridos desde la guerra…
Su mente mantuvo a raya la esperanza. Entró en un ascensor, el corazón acelerado, y apretó el botón. Al anochecer lo sabría.
El robot yacía entre montones de escoria metálica y males hierbas. Fragmentos mellados y oxidados dificultaron la progresión de Applequist, a medida que descendía con cautela por el barranco, la pistola en una mano y la máscara antirradiación ceñida a su cara.
El contador cliqueteó ruidosamente; el fondo del barranco estaba caliente. Charcos de contaminación sobre los fragmentos rojizos de metal, las mesas apiladas de acero, plástico y componentes de maquinaria fundidos. Apartó a puntapiés bolas de ennegrecidos cables enmarañados y se alejó con cautela del depósito de combustible bostezante de alguna máquina antigua, ahora invadido por plantas trepadoras. Una rata salió corriendo. El sol estaba a punto de ponerse. Sombras oscuras se extendían por doquier.
El robot le miró en silencio. La mitad ya no existía; sólo quedaba la cabeza, los brazos y el tronco, un círculo mellado irregular, como si le hubieran arrancado de cuajo la parte inferior. Estaba inmovilizado. Tenía toda la superficie agrietada y corroída. Faltaba una lente ocular. Algunos dedos estaban torcidos de manera grotesca. Yacía de espaldas, cara al cielo.
Era un robot de los tiempos de la guerra, desde luego. En su único ojo brillaba una conciencia arcaica. No era el simple obrero que había visto de niño. La respiración de Applequist se aceleró. Era auténtico. Seguía sus movimientos sin descuidar detalle. Estaba vivo.
Todo este tiempo, pensó Applequist. Todos estos años. Se le erizó el vello de la nuca. Todo estaba en silencio, las colinas, los árboles, las mesas de ruinas. Nada se movía; los únicos seres vivos eran el viejo robot y él. Tirado en el barranco, esperando a que alguien apareciera.
Se levantó un viento frío y se ajustó automáticamente el sobretodo. Algunas hojas volaron sobre el rostro inmóvil del robot. Sobre su tronco habían crecido plantas trepadoras, se habían introducido en sus entrañas. Había llovido sobre él, el cielo lo había bañado. En invierno, la nieve lo había cubierto. Ratas y animales lo habían olfateado. Los insectos habían recorrido sus restos. Y continuaba vivo.
– Te oí – murmuro Applequist -, mientras caminaba por el sendero.
– Lo sé – contestó el robot -. Vi que te parabas. – Su voz era débil y seca. Como el sonido de las cenizas al rozar entre sí. Sin tono ni matices – ¿Quieres decirme la fecha? Sufrí un corte de energía por tiempo indefinido. Las terminales de los cables se cortaron temporalmente.
– 11 de junio de 2136.
El robot reunió las escasas fuerzas que le quedaban. Movió apenas un brazo, luego lo dejó caer. Su único ojo se veló, y engranajes oxidados chirriaron en su interior. Applequist comprendió de repente que el robot podía expirar en cualquier momento. Era un milagro que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo. Se habían pegado caracoles a su cuerpo, recorrido por sendas pegajosas que se cruzaban. Un siglo…
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Desde la guerra?
– Sí.
Applequist sonrió, nervioso.
– Eso es mucho tiempo. Más de cien años.
– Así es.
Anochecía con rapidez. Applequist buscó su linterna. Apenas distinguía las laderas del barranco. A lo lejos, un ave graznó en la oscuridad. Los arbustos se agitaron.
– Necesito ayuda – dijo el robot -. La mayor parte de mi motor fue destruido. No puedo moverme.
– ¿En qué estado se encuentra el resto? Tu provisión de energía. ¿Cuánto tiempo puedes…?
– Se ha destruido un número considerable de células. Sólo siguen funcionando unos pocos circuitos. Y están sobrecargados. – El ojo del robot volvió a mirarle -. ¿Cuál es la situación tecnológica? He visto volar naves aéreas. ¿Aún fabricáis equipos electrónicos?
– Tenemos en funcionamiento una unidad industrial cerca de Pittsburgh.
– Si describo unidades electrónicas básicas, ¿me entenderás?
– Carezco de conocimientos mecánicos. Estoy clasificado como cartero de cuarta categoría, pero tengo contactos en el departamento de reparaciones. Mantenemos en funcionamiento nuestras máquinas
Se humedeció los labios, tenso.
– Es arriesgado, por supuesto. Hay leyes.
– ¿Leyes?
– Todos los robots fueron destruidos. Eres el único que queda. Los demás fueron liquidados hace años.
El único ojo del robot no expresó nada.
– ¿Por qué has venido? – preguntó. Su ojo se desvió hacia la pistola que Applequist empuñaba -. Eres un funcionario de baja categoría en alguna jerarquía. Obedeces órdenes superiores. Un número que funciona mecánicamente dentro de un sistema más grande.
Applequist lanzó una carcajada.
– Supongo que sí. – Dejó de reír -. ¿Por qué estalló la guerra? ¿Cómo era la vida antes?
– ¿No lo sabes?
– Por supuesto que no. No se permiten conocimientos teóricos, excepto al personal de máxima categoría. Ni los supervisores saben algo de la guerra. – Applequist se arrodilló y enfocó con la linterna el rostro del robot -. Las cosas eran diferentes antes, ¿verdad? No vivimos siempre en refugios subterráneos. El mundo no fue siempre una montaña de escoria. La gente no fue siempre esclava de las compañías.
– Antes de la guerra no había compañías.
Applequist lanzó un gruñido de triunfo.
– Lo sabía.
– Los hombres vivían en ciudades, que fueron arrasadas durante la guerra. Las compañías, que estaban protegidas, sobrevivieron. Altos cargos de estas compañías se convirtieron en el gobierno. La guerra se prolongó durante mucho tiempo. Todo lo valioso fue destruido. Has salido de un cascarón carbonizado. – El robot guardó silencio unos instantes y luego prosiguió -. El primer robot fue fabricado en 1979. En el año 2000, los robots realizaban todos los trabajos rutinarios. Los seres humanos gozaban de libertad para hacer lo que les apetecía. Arte, ciencia, espectáculos, lo que más les gustaba.
– ¿Qué es el arte? – preguntó Applequist.
– Trabajo creativo, dirigido hacia la realización de una aspiración personal. Toda la población de la Tierra tenía libertad para desarrollarse culturalmente. Los robots mantenían el mundo; el hombre lo disfrutaba.
– ¿Cómo eran las ciudades?
– Los robots reconstruyeron y rediseñaron nuevas ciudades a tenor de planos trazados por artistas humanos. Limpias, higiénicas, atractivas. Eran ciudades de dioses.
– ¿Por qué estalló la guerra?
El único ojo del robot centelleó.
– Ya he hablado demasiado. Mi suministro de energía está peligrosamente bajo.
Applequist tembló.
– ¿Que necesitas? Lo traeré.
– Ahora mismo necesito una cápsula atómica A, capaz de proporcionar diez mil unidades F.
– Sí.
– A continuación, necesitaré herramientas y secciones de aluminio. Cables de bajo resistencia. Trae papel y lápiz… Te daré una lista. No la entenderás, pero alguien del departamento de mantenimiento electrónico lo hará. Lo primero que necesito es suministro de energía.
– ¿Y me hablarás de la guerra?
– Por supuesto.
El robot se sumió en el silencio. Las sombras se arrastraban a su alrededor. El frío aire de la noche agitó las hierbas y los arbustos.
– Date prisa. Mañana, si es posible.
– Debería dar parte de usted – dijo el ayudante de supervisión Jenkins -. Media hora de retraso, y ahora esto. ¿Qué está haciendo? ¿Quiere que le despidan de la compañía?
Applequist se acercó al hombre.
– He de conseguir este material. El… escondite está bajo la superficie. He de construir un acceso seguro. De lo contrario, todo quedará sepultado bajo los escombros.
– ¿Es muy grande el escondite? – El rostro abultado de Jenkins expresaba codicia y suspicacia a la vez. Ya estaba gastando la recompensa de la compañía -. ¿Ha podido verlo? ¿Contiene máquinas desconocidas?
– No reconocí ninguna – contestó Applequist, impaciente -. No perdamos el tiempo. La masa de cascotes está a punto de derrumbarse. He de proceder con celeridad.

(CONTINUARÁ)

VOLODIA TEITELBOIM: Requiem para un Genio….

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Me acabo de enterar. Ocurrio hace algo más de media hora. Me entere de la muerte de un poeta, literato, politico, pensador. Volodia Teitelboim acaba de morir, escritor como pocos; de una pluma brillante, y profunda. Se le extrañara, nos hara falta su pluma acerada, sus palabras flamigeras surcando el aire. Ahora el incendio de sus palabras se ha extingiuido; lo recordaremos, siempre lo recordaremos, porque lo amamos. Sus palabras seguiran resonando en nuestros timpanos, seguiremos leyéndolo, seguiremos buscando la luz de su pensamiento clarecido, porque sabemos de la certeza de sus palabras.
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Volodia será recordado como poeta, como lider de izquierda, como pensador. Será uno de esos hombres que son las raíces de nuestra América Latina, y serán la luz  que seguiremos en medio de las sombras, los que aún continuamos luchando por nuestro continente, hay mucho mas que decir de él por eso un poco de su BIOGRAFÍA. 
¿Queda acaso algo más que agregar?… quizá solo un fragmento de su trabajo, para despedirnos de él…
   “El libro [Ulises, de James Joyce] es un retrato del siglo con escape libre, sobre todo porque no se atiene a la mentalidad y las hipocresías de la época. Es como si el tiempo hablara de sí mismo, diciendo en voz alta lo que piensan, sueñan, traman, esconden los habitantes de este planeta que da tantas vueltas en torno al sol y a su ombligo y, a pesar de la claridad diurna, deja en lo oscuro quién es y cómo es aquello que se llama “la persona”.

La obra detalla sin pausa la gran cháchara, el clímax de la verborrea, la interminable conversación sostenida por los hombres, por las mujeres desde que tuvieron el don de la palabra. Se pusieron más locuaces cuando lograron describir por escrito lo que son, lo que hacen, lo que sienten. Pero hasta ahora o hace poco no han tenido bastante coraje y desenvoltura como para decir en público sus bajas pasiones, sus sueños encubiertos entre sábanas, sus fantasías oníricas, sus delirios eróticos y otras menudencias que se esconden bajo la alfombra del mutismo, muy para callado.

Al fin y al cabo lo que hace diferente y humano al hombre es la palabra, el susurro de la mente. El pretenciosamente llamado “homo sapiens” sabe silenciar gran parte de lo que es. Enmudece respecto a mucho de lo que siente, a cosas que sucesivas culturas y religiones han creído que no deben manifestarse. De repente llega un deslenguado indecente y se pone a gritarlas en la calle. Hasta las escribe para que los espíritus delicados se enteren de secretos que no son para ventearlos en público.

El hombre es un gran hablador. Habla siempre, sobre todo consigo mismo. Es el rey del soliloquio. Ese fue el material que Joyce explotó de preferencia en Ulises. Allí se expuso la conciencia y la subconsciencia, incuso lo indecible. El individuo se desata en la autocomplacencia lingüística irrefrenable. Da rienda suelta a su sinceridad. La suma de toda aquella habladuría, un continente o un planeta de palabras es material útil para conocer la historia íntima de esa humanidad en gran parte desconocida porque estuvo tapada; vivió y sigue viviendo sometida a censura y autocensura.”

Volodia Teitelboim (2002)
Ulises llega en locomotora
Santiago: LOM; pp.35-36
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Mis respetos aún señor de las letras,  hasta siempre compañero…..

Soy Focvs 
Y la Mverte no es vna Metáfora 

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