Las líneas que siguen son un trabajo que realicé hace dos meses para un concurso Literario, y que me valió el cuarto lugar. Este cuento que escribí, trata sobre un hecho histórico acaecido en mi tierra a principios del siglo pasado, en una escuela de la ciudad de Iquique llamada Santa María,  los hechos refieren la Matanza atroz de cerca de 2.000 personas; hombres, mujeres y niños, todos mineros, trabajadores del salitre, durante las huelgas obreras de principios de siglo pasado.

Pero el texto no habla solo de eso, habla también de la memoria de lo importante que es para este pueblo, recordar su historia, recordar a sus muertos; como diría aquel poeta nicaraguense del solentiname… ” Los pueblos que olvidan su historia estan condenados a repetirla”

Soy Focvs
Y La Mverte no es vna Metáfora

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CUATRO CARTAS PARA JULIA

PRÓLOGO

En Noviembre de 1976 falleció, a la avanzada edad de 89, La señora Julia Vidal Aristía. La señora Julia había tenido una vida larga y próspera, tanto como lo puede permitir la dura vida del desierto, la señora Julia, que nació, vivió, y murió en su natal Antofagasta; tuvo una vida acogedora y llena de satisfacciones. Tuvo hijos, los que luego de un tiempo, le dieron nietos, los cuales a su vez le dieron Biznietos; completando de esa manera el largo cuadro familiar de lo que ella llamaba con orgullo, “mi sangre, mi herencia”.

La Familia, apenada con el advenimiento de lo que, si bien se sabía era inevitable, tomo a todos de sorpresa; se dio a la triste tarea de disponer de los bienes más próximos de la difunta matriarca, y tomar las penosas decisiones que corresponden en estos casos. En consecuencia, se vendieron la mayoría de los muebles salvo algún que otro buró que fue conservado por la familia más por motivos sentimentales que por utilidad práctica. Ocurrió entonces, que una de las nietas de la señora Julia; Teresa Díaz Vidal, por ser la más cercana de todos los nietos y nietas, se dio a la tarea de disponer de los efectos más privados de su abuela; sus documentos, actas personales, las pocas joyas que aún poseía la anciana al momento de morir, su correspondencia personal y un cofre pequeño forrado en terciopelo verde, con orillas nacaradas e incrustaciones de pedrería muy delicadas, que encontró en el fondo del armario del dormitorio.

Durante varias semanas, Teresa no se decidió a tratar de abrir el cofre, cuya llave no fue encontrada, sintiendo que eso sería como invadir la más secreta de las privacidades de su querida abuela. Si bien ellas habían sido “intimas” (o todo lo intimas que se puede ser con alguien con quién se tienen algo así como 40 años de diferencia) su abuela nunca le refirió que tuviese el llamativo cofre o le dio luces sobre su contenido. Y como a la larga, la curiosidad siempre ha matado al gato, termino lo abrirlo. Para sorpresa de Teresa el interior del cofrecito, solo contenía; algunas fotos muy viejas, una pulsera de perlas baratas y 4 cuatro cartas escritas a mano, que ya estaban amarillas por el paso de los años; las cartas traían como remitente un nombre desconocido para ella. En ellas, el autor relataba las alternativas más intimas de una jornada aterradora ocurrida muchos años atrás, en una escuelita de más al norte; en una ciudad hoy grande e importante.

¿El nombre de la escuela? Santa María; ¿el nombre de la ciudad? Iquique. Lo que sigue es la trascripción completa de las cartas, para salvarlas del olvido.

Diciembre 15, 1907

Querida Julia:

Por fin, por fin pude volver a ver el Mar. Aguzando la vista pude ver también la cuidad y sus casas junto a la playa, llenas de colores envejecidos, como una acuarela desteñida por el sol. También el puerto y el mercado, con su incesante actividad; plagado de olores, sabores y pescados frescos. Pero cierro los ojos, y la veo como era ayer. Y puedo sentir el olor a mariscos recién comprados, el sol calentándome la espalda, y al Nino dando saltos a mí alrededor para que le dé mi pan del desayuno. Pero abro los ojos, y no es ayer, ya no. Los compañeros están contentos; algunos no creyeron que volverían a ver de nuevo el mar.

A nuestras espaldas se quedó el desierto. Leguas y leguas de desierto que dejamos atrás. Ese mar sin olas; esa arena ardiente, ese viento cortante, esas piedras afiladas; todo eso dejamos atrás; un yermo seco donde la vida se dio por vencida hace muchos años ya. No quería dejarnos pasar; quemando cada palmo de tierra, quemando hasta las piedras, secando el aire en nuestras gargantas, arrebatándonos cada gota de agua de nuestros cuerpos, quería cobrarse así cada paso dado hacia nuestra meta final; hacia Iquique, hacia el puerto, hacia mi ciudad.

En realidad nadie se lo había pensado, nadie lo planeó, ni nada. Una mañana simplemente terminaron por hartarnos las miserias y dejamos de esperar. De las bocas de los calicheros, salió una palabra, una palabra simple, sencilla, casi animal, la palabra huelga. Hasta que nos llegaron las noticias al cantón Alto San Antonio. Noticias que hablaban de huelga en la Oficina San Lorenzo, y se oyeron entonces las voces de los trabajadores, y las noticias comenzaron a rodar por toda la pampa salitrera. De San Lorenzo marcho una columna de obreros hacia Sta. Lucía, que se sumo al movimiento y en sus bocas y en sus oídos había una sola palabra, nada más. Huelga. Las voces de los obreros se escucharon en todo el distrito, Alto Sn. Antonio estaba en huelga y marchaba a la ciudad. A mediados de este mes de Diciembre logramos paralizar las faenas en 30 oficinas; y nos reunimos junto a las vías del tren, para seguir la voz de otros trabajadores que nos llamaban desde Iquique, voces que nos urgían a marchar. Nos urgían a que bajáramos al puerto grande, hacia mi ciudad.

Fue hace tantos años que lo dejé todo atrás, por las promesas de riquezas que venían del salitre, que hasta me parece que lo soñé. Hoy sin embargo, me parece haber nacido con la picota en la mano y las espaldas negras por el sol. Después de tanto trabajo, de tanto sudor, de tanto gastar las manos cascando caliche al sol; solo me quedan un montón de fichas, que cambió por comida para no morir de hambre, ni padecer más miserias en este desierto dejado de la mano de Dios.

Pero he vuelto; y vengo con mis compañeros; y ellos con sus esposas, y con sus hijos, buscando la esperanza nueva, para un montón de sueños rotos, que se murieron en algún socavón en el desierto, o bajo un sol inclemente sin esperanza de florecer.

Hoy he dejado el desierto atrás. En una columna interminable, hoy vengo de regreso a la ciudad que me vio nacer. Hoy vengo, y mas que vengo regreso, y al hacerlo, rehago todo mi tiempo; mis memorias, mis victorias y mis derrotas, hoy entro en el puerto y lo miro con ojos de viejo. Nos reconocemos, y al hacerlo, sus calles me susurran la mentira de su mano abierta; en sus esquinas mugrientas unos ojos tristes me enseñan la punta de la guadaña; pero que mas da, si ya no le temo a la muerte, la miro de nuevo, y veo a una ciudad que esconde sus vergüenzas detrás de una caña de vino tinto y un sombrero de copa. Pero ella sabe que la conozco; puedo ver su media rota de meretriz, asomárse por debajo de las enaguas. Miro a mi ciudad y la veo media muerta entre los vapores de la gran borrachera del salitre. Esta ebria. Ebria de traje nuevo y vino barato; ebria de prostíbulos y dinero fácil; ebria y sin esperanzas; comiendo a veces, soñando muy poco, arrastrando la nota triste de un sueño amarillento de tanto sol y aire marino.

Te Quiere
Javier.

Diciembre 18, 1907

Querida Julia:

Hoy me mira mi ciudad. Y me mira con ojos de desconocido, y me cierra sus parpados de madera amedrentada; susurra desprecios en voz baja, llevando sus envidias a la iglesia o dejando caer una limosna mentirosa en la mano del obrero.

¿Y me pregunto finalmente, si no seré otro?; Me miro en ojos ajenos para ver si sigo siendo el mismo. Aquel chiquillo feliz y mugriento que recorría la caleta buscando sobras para el Nino; mi quiltro miserable, tan miserable como yo; hermanos del mismo barro, inseparables, leales hasta la muerte o hasta la once al menos; confidente de todos mis secretos; de mis escapadas de las clases de catecismo en la escuela, de mis tardes espiando a la Laura, una morena monumental que vivía 3 casas mas allá, de ese pecado inconfesable de haberla visto desnuda por la ventana de su cuarto; y haberla seguido viendo después, cada vez que cerraba los ojos por las noches; y que de tanto verla me enamoré como un loco de ella, y casi se morí cuando se casó con un marino americano y se fue a vivir lejos, a un lugar que nunca pude encontrar en el mapa de la escuela. Compañeros de perseguir mil carretas cargadas con frutas y verduras que iban al mercado hasta que el caballo se asustaba o el carretero te echaba a punta de piedras y garabatos; compañero de mil peleas bajo la caleta, para demostrarles a todos que ya era un hombre, fiel guardián que me cuido en mi primera borrachera que pase en un callejón al final de los bares del puerto, después de haberme gastado casi todo mi primer sueldo que me gane ayudando a descargar los botes pesqueros, en mujeres dos veces mas viejas que yo y en vino de jarra con fruta picada, para pasar el calor. El Nino, que finalmente murió de viejo y de tanta pelea con otros perros, y que dejó a la ciudad llena con su descendencia, porque no hubo perra a la que no hubiese preñado, cuando se iba de leva por la ciudad.
¿Y sigo pensando, somos mendigos entonces?; Y nos veo a nosotros; que lo dejamos todo por el sueño calichero del salitre, que arrastramos a nuestras familias hasta el desierto persiguiendo la mentira del oro blanco, que empuñamos las esperanzas y le hurgamos las entrañas a la tierra, con el sueño de una felicidad que nunca llegó. Nosotros, que llenos de promesas lo soportamos todo, en ese desierto que no le perdona nada a nadie y finalmente nos fuimos muriendo de uno en uno, hasta que ya no pudimos más. Nosotros que nos quedamos mudos de tanto pedir lo que se nos habían prometido, hasta que nos dimos cuenta que nos habían engañado. Nosotros, que comenzamos a soñar con la vida, de tanto morirnos anónimos y olvidados en medio de la nada para el regocijo de todos, menos de nosotros. Nosotros los pobres miserables, los malditos olvidados, los salitreros de manos blancas y apergaminadas de tanta pala y tanta carretilla acarreada bajo el sol. Nosotros que nos cansamos de cavar tanta tumba para tanto esposo, hermano, padre o amigo que se murió en las minas, por que en el desierto, el trabajo es más importante que el trabajador; y el trabajo mientras mas barato, mejor. Nosotros, que de tanto esperar un cambio, lentamente fuimos cambiando, y nos despertamos una mañana; pobres, hambrientos y desesperados; una masa anónima de trabajadores sin ya nada que perder, mas que el martirio de la propia vida, una masa trabajadora que finalmente y acorralada por tanta miseria, por tanto dolor, por tanto abandono y tanta desesperación, se levantó para gritar sus rabias y sus maldiciones antes de que la muerte viniera para llevárselos.

No Julia, no somos mendigos, no aceptamos la limosna indigna de aquellos que nos lo deben todo; no aceptamos el soslayo encopetado de aquellos que presumen de educados, mientras se limpian con manos sucias el barro de los zapatos. Somos gente de trabajo como cualquier otra, que lucha y se desangra por poner pan en la mesa de sus hijos, somos gente sencilla que quiere vivir de lo que sea el fruto de su trabajo, somos personas que buscan ser reconocidas como tales y por lo tanto dejar la condición de animales, a los que hay que azotar cuando ya se han cansado.

Tuyo Siempre
Javier

Diciembre 20, 1907

Querida Julia:

Tengo miedo, ¿nunca te lo había dicho? Sí, en esta ocasión siento miedo. Hay un frío inexplicable que nos ronda la garganta, llevamos días negociando, y la cuidad ha venido despertándose mas y mas sitiada. Decenas de soldados recorren las calles, y apuntan la bayoneta calada de sus fusiles al pecho de los trabajadores. Los comercios han cerrado sus puertas; y la ciudad nos mira con las ventanas entre cerradas y atrancan las puertas con maderos. Nuestros compañeros comparten el café en silencio, cabizbajos y pesarosos; hoy nos ha llegado el aire seco del desierto, nos esta llamando, como el ladrido hambriento de un perro abandonado que rueda por los tejados de la barriada. Hay una nota triste en el murmullo del desayuno; ya no hay gaviotas en el cielo para pelearse a gritos, las sobras de la pesca, las carretas bajan en silencio hacia el mercado con un andar funerario, más propio de un cementerio que de un comercio mañanero; no hay niños que corran por las calles, solo pasos apurados de gente demasiado asustada para ofrecernos una palabra. Estamos asustados, los compañeros temen la por la suerte de sus familias antes que por la propia, porque como ya te he dicho, no tenemos ya nada que perder; sin embargo hay un velo de lenta angustia que se va quedando entre nosotros con cada amanecer, tengo el corazón ensombrecido por pensar que en este viaje, hemos traído a nuestros compañeros hasta el lugar de su muerte.

No somos gente peligrosa. Sin embargo el puerto se ha llenado de barcos de guerra. No somos ladrones ni delincuentes, y sin embargo se nos vigila con ojo carcelero. Las botas altas de la tropa apostada en las calles aledañas a la escuela, resuenan en el silencio de las primeras horas de la mañana. Vinimos a pedir lo que es justo; justo para nosotros y nuestras familias; vinimos desarmados, simples trabajadores desarmados, que no saben de guerras y ni de cosas de militares, y vinimos porque confiamos, porque creemos en lo que es justo para los trabajadores, y ya es muy tarde para detenernos. El sol se levanta perezosamente por sobre las montañas y las mujeres trabajan silenciosas, mientras los hombres se visten, y comienzan a congregarse de nuevo, siempre en silencio. Hay un viento seco que viene del desierto, nos esta llamando; mientras en una ciudad sitiada se afilan bayonetas para contestarle a una multitud de obreros desarmados.

Hoy me he puesto mi última muda de ropa limpia; nunca es bueno pensar en la muerte, pero hoy es diferente. No quiero morir Julia, pero lo haré si es necesario; no me veas con compasión por un martirio inútil. A veces la muerte nos salva, de una vida que es peor que la muerte; a pesar de que estamos aterrados, no volveremos a nuestra antigua vida de muerte sin esperanza, preferimos el riesgo de una muerte incierta a caer finalmente en una muerte desesperanzada.

En esta hora de triste necesidad, te recuerdo Julia. Y recuerdo tus tardes acarameladas llenas de dulce de leche, confituras y licor de café. Recuerdo tu vestido azul, leve, delgado y azaroso. Recuerdo las tardes enteras caminando por la playa de Antofagasta, con ese silencio suave y delicado que tejías entre nosotros, un silencio sin el estruendo de lo ajeno, un silencio cómplice, cargado de mensajes, de detalles y sobreentendidos. Con los ojos cerrados, paso revista a los momentos vividos; los besos robados en las despedidas, las promesas susurradas al calor tibio de tu cuello, los juramentos enardecidos del amor eterno tan propios de una ingenuidad casi adolescente; las noches de insomnio y placer a tu lado, llenas de vino blanco y ceviche peruano. No me arrepiento. Ni de haberte conocido, ni de haber vivido lo que viví contigo. No se si me estoy despidiendo o no, pero hay algo que esta enturbiando el aire puro del puerto; es un silencio espeso, un crujir de la madera.

En la intendencia nos reciben caballeros elegantes con botas manchadas de tierra y salitre. Nos dicen que escuchan, que quieren resolver nuestros problemas, que volvamos al desierto a sacar salitre y que entonces hablaremos; pero no es cierto, ya conocemos esa mentira, puedo ver el desprecio y el temor en los ojos de la patronada, nunca se les ocurrió que podríamos hacer esto, nunca nos creyeron capaces; y ahora, que tenemos el flujo de sus riquezas en un puño, nos tienen miedo. Nos amenazan con usar la fuerza, y llenan la ciudad de militares armados, los cañones de sus buques nos apuntan desde la costa, no nos entienden, no entienden la voluntad que nos mueve.

Pero somos trabajadores, solo trabajadores; y se nos terminó la paciencia, ya no queremos más promesas, ya no aceptaremos más mentiras, esta ya no es cuestión peniques de más o fichas de menos, esta en juego nuestra voluntad; no volveremos a la pampa con las manos vacías, estamos resueltos, tenemos ese derecho, nos hemos ganado al menos eso. Estamos decididos, seguiremos negociando, seguiremos resistiendo, tenemos puesta nuestra férrea voluntad puesta en ser escuchados, no nos moveremos; no volveremos al desierto sin nada, no nos rendiremos a una muerte mansa en las calicheras, si nos quieren muertos, aquí tendrán que matarnos; y que nuestra sangre manche las calles de la cuidad, que queden nuestros cuerpos al sol de la ignominia, que quede al descubierto la matanza, no moriremos en silencio, ocultos y anónimos en alguna quebrada de los valles de Atacama. Si nos quieren muertos, tendrán que matarnos aquí mismo, sobre este mismo suelo.

Siempre tuyo
Javier

Diciembre 21, 1907

Querida Julia:

Ya no hay nada más que hacer. El intendente Eastman nos informó del resultado de la reunión con la patronada, y ha tomado ya las determinaciones pertinentes; nos han invitado a una reunión en la intendencia, pero no iremos, ya los conocemos y sabemos para que nos han citado; enviaremos notas o mensajes para seguir dialogando, pero en mi corazón ya se que no hay salida posible. En las calles, se fraguan rumores atroces sobre nosotros, y las tropas corren inquietas a nuestro alrededor, los bomberos esperan en sus cuarteles, y las familias huyen a los barcos atracados en el muelle en busca de refugio. Pero no somos una amenaza para nadie, ¿Por qué le temen tanto al trabajador? La patronada nos mira desde la intendencia con la ira que les ahoga la garganta, se sienten ultrajados, por nuestra rebelión. Los soldados nos vigilan cautelosos desde las esquinas adyacentes a la escuela, nos tiene miedo. Y nosotros en medio de todo, lentamente nos vamos serenando y vamos sopesando, las consecuencias de nuestros actos. Hace unos minutos terminamos la asamblea, la decisión fue unánime, nos quedamos. Todos votaron, nuestros compañeros votaron, sus esposas votaron, sus hijos votaron, sus hermanos, el voto es simple: o somos escuchados o tendrán que asesinarnos, el misterio es que, en el fondo no los creen capaces de dispararnos, pero yo se que sí, lo harán.

Ya es más de medio día y no he comido nada; y es que no se puede tener hambre con el estomago tan apretado. Me acaban de avisar que las tropas se han movido hacia nosotros, y que El general Roberto Silva Renard nos ha dado un ultimátum y espera nuestra respuesta. No es nada nuevo, el intendente ya nos dijo lo mismo ayer. “vuelvan a la pampa vuelvan trabajo y esperen el arbitraje”. Ya han venido los cónsules de Perú y Bolivia, pero ni peruanos ni bolivianos han aceptado retirarse, han vivido con nosotros y morirán con nosotros, son nuestros hermanos.

Los dirigentes nos hemos reunido y subiremos al techo de la escuela a decirles nuestra respuesta; parece que ha llegado la hora, y antes de lo que esperaba. Se que antes te dije que no sabía si iba a morir, pero ahora losé. Ya no hay espacio para más palabras, ya no hay nada que hacer, seremos asesinados, y el nombre de esta escuela quedará manchado por la sangre y la matanza. En el fondo mas intimo, no creía que tuvieran el coraje de dispararle a gente desarmada, pero ahora que veo a las tropas calar la bayoneta y apuntar hacia la escuela se que van a hacerlo.

Ellos no entienden, no tenemos otra opción, es lo único que podemos hacer. Resistiremos, los enfrentaremos y tendremos el valor de morir mirándolos a los ojos, enfrentaremos firmes la balacera. Hoy miles de hombres, mujeres y niños, serán sacrificados para proteger el tesoro de la patronada inglesa.

Hoy, ellos se ocultarán en la intendencia, llenos de odio, miedo y rencor. Son unos cobardes. Ni siquiera serían capaces de empuñar las armas que van a matarnos, prefieren pagar a otros para eso; así, podrán oír desde lejos la carnicería en la comodidad de un salón bien alhajado, y provisto de todo lo necesario para disfrutar cómodamente el siniestro espectáculo.

Pero en esta hora final, me reconforta decir que ya no tenemos miedo, moriremos dándole la cara al sol del desierto. Y ahora que te escribo lo que sé, son mis últimas líneas, puedo confesarte que aún te amo, aún más que antes. En estos momentos de certeza definitiva, nos hemos librado del terror, el miedo y la desesperación. Amada Julia, yo, que siempre fui un hombre de discursos, pero de pocas palabras a la hora del amor, me despido, que queden estas palabras entre nosotros ahora más que nunca; porque tengo la convicción mas absoluta de que nada queda ya para decir.

Con amor para siempre
Javier.
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