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La Torre de Babel: El Poder de las Palabras…

El lugar donde las palabras tuvieron poder por primera vez…

mes

noviembre 2007

RESCATANDO A BORGES: El jardin de los Senderos que se Bifurcan

Hace unos días, le prometí a Mía, mi amiga blogger de quién ya les he hablado, publicar este cuento de Jorge Luis Borges, que es bellísimo que juega con el hombre, el tiempo y el espacio, tejiendo una intrincada telaraña de causalidades, que le dejan poco espacio al azar y a lo fortuito. La divergencia entre lo fortuito y la causalidad estan en el centro del debate literario cuando se trata de este cuento. La decisión, como acción de la voluntad humana, que se rebela, contra el cáos incierto del azar que lo somete. Es la voluntad del hombre, contra el azar que busca dominarlo.

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora.

 

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EL JARDIN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

 En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea, de Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el veinticuatro de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día veintinueve. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora -nada significativa, por cierto-. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
“… y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y -pero eso parecía muy secundario, o debía parecérmelo- también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado, o asesinado.1 Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición, ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte, de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng, ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas que suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí… El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El hombre del preciso lugar del nuevo parte de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania… Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos… Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos- me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, una carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de una única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra -un hombre modesto- que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe… Lo hice, porque yo sentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza, a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recuerdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgrove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré; el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que ya estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüí que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove?, les pregunté a unos chicos en el andén. Ashgrove, contestaron. Bajé.
Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra. Uno me interrogó: ¿Ud. va a casa del doctor Stephen Albert? Sin aguardar contestación, otro dijo: La casa queda lejos de aquí, pero Ud. no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Este, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.
Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes. Llegué así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma.
-Veo que el piadoso Hsi P’êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado: -¿El jardín?
-El jardín de senderos que se bifurcan.
Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad: -El jardín de mi antepasado Ts’ui Pên.
-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia…
Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
-Asombroso destino el de Ts’ui Pên -dijo Stephen Albert-. Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea -un monje taoísta o budista- insistió en la publicación.
-Los de la sangre de Ts’ui Pên -repliqué- seguimos execrando a ese monje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts’ui Pên, a su Laberinto…
-Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
-¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo…
-Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts’ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito: Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts’ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
-Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista), se pone a referir textualmente la historia de las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, trasmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Ts’ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir.
Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió: -No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts’ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama -y harto lo confirma su vida- sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stepehn Albert me dijo: -En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida? Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez.
-Precisamente -dijo Albert-. El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrases evidentes, es quizás el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts’ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
-En todos -articulé no sin un temblor- yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts’ui Pên.
-No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
-El porvenir ya existe -respondí-, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta? Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.

1 Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orden de arresto, capitán Richard Madden. Este, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor)

XAVIER DUARTE ARTIGAS: Despedida para un Poeta…

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Tanto que espere para volver a leer tus versos… Y ahora me dices que te vas!? Perdóname amigo mío; puede que esté siendo injusto contigo. No he visto las sombras que atormentan tu corazón, tan solo puedo sospecharlas; y esa no es justificación para acusarte.

Escribo estas líneas con un inmenso dolor, por la perdida que eres para nosotros; porque que te amamos. Porque en esta guerra sin cuartel que se libra por rescatar a nuestra América Latina, de la larga cadena condenada de la ignorancia, el olvido y la miseria; tú nos harás falta, nos hará falta tu pluma acerada; extrañare tus versos surcando el aire contra la ignominia, pero, mas que nada, amigo mío, echaré de menos tu belleza; tu verso simple, pausado, maduro. Escribo estas líneas también, porque me niego a permitirte la partida sin una palabra de aliento, de agradecimiento. El silencio se hará mas grande ahora que te vas, y habrá menos con que llenarlo, seremos responsables de ello; quédate tranquilo, no te fallaremos, seguiremos aquí, escribiendo, publicando, difundiendo, criticando, aportando… vale decir, COMBATIENDO.

No puedo ni siquiera imaginar porque has tomado esta decisión; ¿puede estar aquí la respuesta?

“Éste era el final,
la remendada letra del adiós,
un cierre de puertas y ventanas
en las moradas narices de este mundo.
No obstante,
sobre un chapitel hechiceras,
mohínas,
compasivas,
puntuadas en una escala diferente las palabras,
a partir de un sitio insustancial e inesperado,
removieron para mí
su hisopo húmedo de luces,
cuyas gotas se parecían
a hachuelas en un bosque de leche,
con su palpitante ubre encubierta.
VIII
Fue cuando algo dentro de mí como un sollozo,
deslizó su inaudible queja
y entre susurros dijo:
necesito tiempo,
tiempo para mejorar.”    

(fragmento de “El armonioso flequillo de la telaraña”-pág.35)

 No, espera… no quiero saber la respuesta… Estos versos me quedaron grabados en la retina, cuando leí tu postrer poema. Puede que sean, tal vez, la llave que abre el testamento de tu poesía, no quiero creerlo así, quiero pensar entusiastamente, en tus manos frenéticas sobre el papel nuevamente.

Debes saber amigo, que adonde quiera que vayas mi fé, mis palabras y mi corazón irán contigo, que de donde sea que me llames, tu voz encontrara mi oído, que si me buscas, estaré contigo. Debes saber que esperaremos vigilantes tu regreso, que a pesar de todo lo que digas, no puedes evitar que tengamos fe en eso. Te esperaremos, aún que nunca llegues te esperaremos; y en esa esperanza, seremos fecundos creadores, de una telaraña que cubrirá todo el continente.

Desde ahora en más, XAVIER DUARTE ARTIGAS, queda señalado como poeta imprescindible, en lista de poetas y escritores a rescatar en mi torre; y queda dicho que, no le será permitido, caer en el olvido, que se le condena a ser difundido por todo el continente, para crecimiento fecundo de todos los latinoamericanos.

Hay desde hoy en adelante, una luz siempre encendida en mi torre para ti amigo… para cuando quieras volver…

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora.

EL GRADO CERO DE LA ESCRITURA: Cap.X La Utopía del Lenguaje

Y finalmente llegamos al ultimo capitulo de la serie “El Grado Cero de la Escritura”; el texto queda con esto completo, para su estudio y debate. Seguiremo publicando texto de Barthes, en dias venideros, por ahora, “completen el cuadro” y terminen el analisis.

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora

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LA UTOPIA DEL LENGUAJE

La multiplicación de las escrituras es un hecho moderno que obliga al escritor a elegir, que hace de la forma una conducta y provoca una ética de la escritura. A todas las dimensiones que dibujaban la creación literaria, se agrega desde ahora una nueva profundidad, la forma, constituyendo por sí sola una suerte de mecanismo parasitario de la función intelectual. La escritura moderna es un verdadero organismo independiente que crece alrededor del acto literario, lo decora con un valor extraño a su intención, lo compromete continuamente en un doble modo de existencia y superpone al contenido de las palabras, signos opacos que llevan en sí una historia, un compromiso o una redención segunda, de modo que, a la situación del pensamiento, se liga el destino suplementario, a menudo divergente, siempre molesto, de la forma.

Pero esta fatalidad del signo literario, que hace que un escritor no pueda trazar una palabra sin tomar la actitud particular de un lenguaje pasado de moda, anárquico o imitado, de cualquier manera convencional e inhumano, funciona precisamente en el momento en que la Literatura, aboliendo cada vez más su condición de mito burgués, es requerida por los trabajos o los testimonios de un humanismo que integró finalmente a la Historia en su imagen del hombre. Así las antiguas categorías literarias, vaciadas en el mejor de los casos de su contenido tradicional, que era la expresión de una esencia intemporal del hombre, se conservan finalmente sólo por una forma específica, un orden lexical o sintáctico, en una palabra, un lenguaje: la escritura absorbe en adelante toda la identidad literaria de una obra. Una novela de Sartre sólo es novela por la fidelidad a cierto tono recitado, intermitente por lo demás, cuyas normas fueron establecidas en el transcurso de toda una geología anterior de la novela; de hecho, la escritura recitativa, y no su contenido, reintegra la novela sartriana en la categoría de las Bellas-Letras. Más aún, cuando Sartre intenta quebrar la duración novelística, y desdobla su relato para expresar la ubicuidad de lo real (Le Sursis), la escritura narrada recompone por encima de la simultaneidad de los acontecimientos, un Tiempo único y homogéneo, el del Narrador cuya voz particular, definida por accidentes reconocibles, cubre el develamiento de la Historia con una unidad parasitaria y da a la novela la ambigüedad de un testimonio que puede ser falso.

Por ello vemos que una obra maestra moderna es imposible, ya que el escritor, por su escritura, está colocado en una contradicción insoluble: o el objeto de la obra concuerda ingenuamente con las convenciones de la forma, y la literatura permanece sorda a nuestra Historia presente y el mito literario no es superado; o el escritor reconoce la amplia frescura del mundo presente, aunque para dar cuenta de ella sólo disponga de una lengua espléndida y muerta; frente a la página en blanco, en el momento de elegir las palabras que deben señalar francamente su lugar en la Historia y testimoniar que asume sus implicaciones, observa una trágica disparidad entre lo que hace y lo que ve; bajo sus ojos, el mundo civil forma ahora una verdadera Naturaleza, y esa Naturaleza habla, elabora lenguajes vivientes de los que el escritor está excluido: por el contrario, la Historia coloca entre sus dedos un instrumento decorativo y comprometedor, una escritura heredada de una Historia anterior y diferente, de la que no es responsable y que sin embargo es la única que puede utilizar. Nace así una tragicidad de la escritura, ya que el escritor consciente debe en adelante luchar contra los signos ancestrales todopoderosos que, desde el fondo de un pasado extraño, le imponen a la Literatura como un ritual y no como una reconciliación.

Es así como, salvo renunciando a la Literatura la solución de esta problemática de la escritura no depende de los escritores. Cada escritor que nace abre en sí el proceso de la literatura; pero pese a condenarla, siempre le otorga un aplazamiento que la literatura emplea en reconquistarlo; puede crear un lenguaje libre, se lo devuelve fabricado, pues el lujo nunca es inocente; es ese lenguaje asentado y cercado por el inmenso impulso de todos los hombres que no lo hablan, el que debe seguir usando. Hay por tanto un callejón sin salida de la escritura, y es el callejón de la sociedad misma: los escritores de hoy lo sienten: para ellos la búsqueda de un no-estilo, o de un estilo oral, de un grado cero o de un grado hablado de la escritura, es la anticipación de un estado absolutamente homogéneo de la sociedad; la mayoría comprende que no puede haber lenguaje universal fuera de una universalidad concreta, ya no mística o nominal, del mundo civil.

Hay pues en toda escritura presente una doble postulación´: está el movimiento de una ruptura y el de un advenimiento, está el dibujo de toda situación revolucionaria cuya ambigüedad fundamental es la necesidad para la Revolución de hurgar la imagen misma de lo que quiere posee en lo que quiere destruir. Como todo el arte moderno, la escritura literaria es a la vez portadora de la alienación de la Historia y del sueño de la Historia: como Necesidad testimonia el desgarramiento de los lenguajes, inseparable del desgarramiento de las clases: como Libread, es la conciencia de ese desgarramiento y el esfuerzo que quiere superarlo. Sintiéndose sin cesar culpable de su propia soledad,es una imaginación ávida de una felicidad de las palabras, se apresura hacia un lenguaje soñado cuyo frescor, en una especie de anticipación ideal, configuraría la perfección de un nuevo mundo adámico donde el lenguaje ya no estaría alienado. La multiplicidad de las escrituras instituye una Literatura nueva en la medida en que inventa su lenguaje sólo para ser proyecto: la Literatura deviene la Utopía del lenguaje.

RESCATANDO A JUAN CARLOS ONETTI: Mascarada…

Hace muy poco, una buena amiga blogger, Mía; me trajo a la memoria el nombre de este escritor uruguayo, hombre dueño de un talento notable y poco conocido en la actualidad. Habiendo leído yo su trabajo hace tiempo, (sus cuentos siempre me fascinaron) lo pongo en la lista de “especies en peligro de extinsión” literaria.

Algo de su vida: Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, Uruguay, el día 1 de julio de 1909. Hijo de Carlos Onetti y Honoria Borges. Tuvo dos hermanos, uno mayor que él, Raúl, otra menor, Raquel.

En 1930 se casó con su prima, María Amalia Onetti. En marzo del mismo año, viajó junto a María Amalia a Buenos Aires, su nueva residencia. El 16 de junio de 1931 nació su primer hijo, llamado Jorge Onetti Onetti Borges. En 1933 se separa de su mujer. Un año más tarde, vuelve a contraer matrimonio, ahora con María Julia Onetti, su otra prima. En el año 1945 contrae enlace con una compañera de trabajo en la agencia Reuter, Elizabeth María Pekelharing. El 26 de julio de 1949 nació su hija Isabel María (Litti).

En 1950 publica La vida breve, novela fundacional de Santa María, eje de sus novelas. A fines del año 1955, contrajo enlace por cuarta vez con la joven argentina de ascendencia alemana, Dorothea Muhr (Dolly).

En 1962 se hace ganador del Premio Nacional de Literatura de Uruguay. En 1975 se traslada a Madrid, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. Finalmente es en esta ciudad donde fija su residencia. El 16 de noviembre de 1980 es galardonado con el Premio Cervantes, mismo año que fue propuesto por el Pen Club Latinoamericano como postulante al Premio Nobel de Literatura.

El año 1985 es invitado a Uruguay tras el regreso de la democracia, ante lo cual el escritor agradece la invitación pero decide permanecer en Madrid. El mismo año recibe el Gran Premio Nacional de Literatura de Uruguay. El 15 de noviembre de 1990 recibe el Premio de la Unión Latina de Literatura. En 1991 recibió el Gran Premio Rodó a la labor intelectual, de la Intendencia Municipal de Montevideo.

En 1993 publicó la que fue su última novela, Cuando ya no importe, considerada una especie de testamento literario. La tarde del 30 de mayo de 1994, Onetti murió en una clínica de Madrid, su residencia de sus últimos 19 años de vida, de los cuales pasó enclaustrado los diez últimos años, sin salir prácticamente de su cama.

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Mascarada

María Esperanza entró al parque por el camino de ladrillos que llevaba hasta el lago entre sombras de arboles y torcía justamente al llegar a la orilla chocando contra la luz de los reflectores, las espaldas todas negras de la gente que miraba deslizarse las lanchas con banderines y música, los danzarines en la isla artificial. Estaba cansada y los tacones, tan altos como nunca los había usado, le hacían arder un dolor como una herida en los tendones de los tobillos. Se detuvo; pero no era ahí, sentía sin saber por qué, que no era y además tenía miedo de aquellas caras absortas, graves o sonrientes, miedo porque eran caras tan semejantes a la suya misma bajo la violenta, blanca, roja y negra pintura con que la había cubierto, miedo de que las caras miraran comprendiendo su fraternidad y la miraran en seguida con odio por estar haciendo algo que no debía hacerse cuando se tenía una cara así, cuando se la había tenido, unas pocas horas antes, sin pintura y limpia frente al espejo, luminosa, alegre, con el cabello goteando agua y sin vergüenza.

Caminó por la orilla del lago que hendía la sombra y la arboleda, con la música de la danza en la isla temblando en el aire que le rodeaba el cuello. Se sentó en un banco y sacó los talones de los zapatos, cerrando los ojos, inflando la cara al suspirar, feliz y soñolienta al abandonarse a lo que contenía la noche, una lejana música y un olor de flores. Pero vino el recuerdo de aquella espantosa cosa negra que había sucedido unas horas antes, en seguida de la presencia de su cara limpia en el espejo y el rostro malicioso del recuerdo amenazaba tocar su corazón, asustar su cuerpo flojo sobre el banco. Se levantó, caminando ahora hacia el lado del parque que daba a la rambla.

A medida que se acercaba a las luces y comenzaba a distinguir los carteles luminosos del circo y las luces de colores de los kioscos, y la música del ballet en el lago moría a sus espaldas mientras las marchas y los tangos de los cafés se acercaban a sus mejillas, iba enderezando el cuerpo, alargando los pasos, haciéndolos más lentos y remedando el andar ensayado antes de salir. También llevaba ahora la última cabeza contemplada en el espejo, muy levantada, con las cejas arqueadas y una promesa de sonrisa.

Ya estaba entre los ruidos de la otra zona del parque, ensordecida por la mezcla de música, risas, llamados a los mozos, frases repetidas por los mozos a los mostradores. Todavía le quedaba, inmediatamente antes de la intensa luz y el estrépito, una sombra de un árbol desde donde mirar los tablados y sus recogidas cortinas. Un trío de zapateadozes golpeaba en un escenario, vestidos de marineros.

La mujer, peque­a, se movía entre los dos gigantes. Uno de los hombres tenía una cara clara y triste donde colgaba la nariz; el otro era delgado, de frente estrecha y pelo negro y aceitoso y toda su cabeza, su mismo estrecho cuerpo al balancearse mostraban un incurable, un activo resentimiento con la vida. Ella era rubia y sonreía acalorada, roja, sonreía con dientes de ni­o, sacudiendo el pelo, marcando de manera excesiva el compás con los brazos, los pies y las caderas, sonreía, con un foco de luz blanca en la cara implacablemente quemando su cara, rayéndole la nariz con su blancura.

A la derecha un hombre de frac mostraba al público un mono encogido sobre una mesa, vestido de groom, mientras otro mono, más grande, triste, de pesados movimientos, gui­aba los ojos apretando un acordeón entre los brazos, sacando siempre la misma nota, el mismo soplo que sonaba definitivo. El hombre de frac hablaba muequeando con voz enronquecida y la gente reía a carcajadas, siempre de acuerdo, hacía una pausa de silencio y frescura y volvía a reír de golpe, sin que María Esperanza, riendo apoyada en el árbol, con la mano apretando un nudo de la corteza, pudiera saber si reía del hombre, de lo que decía el hombre o de cual de los monos.

A la izquierda, más lejos, detrás de una hilera de lámparas blancas y azules-un azul tan triste, tan desagradable como nunca había visto, como no imaginaba que pudiera ser nunca un azul-encima de una música de piano que parecía girar repitiendo siempre lo mismo, una mujer vestida de hombre, con gorra y un pa­uelo rojo al cuello cantaba con voz incomprensible, fumando. Mirando a un lado y otro como si siguiera el viaje de sus palabras en el aire y quisiera saber hasta dónde podrían llegar, hasta dónde lograba empujarlas y encima de la cabeza de qué espectador caían, abajo de que mesa y en qué porción de tierra con pasto aplastado terminaban. Sobre el lejano escenario la mujer vestida de hombre no tenía cara. María Esperanza quedó con las espaldas recortadas al arbol, el mundo en las vértebras. Nada podía saber de lo que la mujer estaba cantando, pero alguna palabra escapada de la fiesta nocturna venía a darle una triste felicidad como la de un rato atrás, perdida en la sombra del banco. El cielo era negro y al mirarlo sintió que un aire frío llegaba de la playa, un aire que podía acabar con su energía y entregarla en forma definitiva al desconsuelo ella y su cuerpo, contemplados por el rostro malicioso del recuerdo en que no debía pensar.

Dejó el árbol y se puso a andar entre las mesas. Al dar un paso nadie la miraba y al mover la otra pierna todas las cabezas se volvían para mirarla, todas las sonrisas, los ojos brillantes, las caras con sudor giraban hacia ella, pero ya al paso siguiente avanzaba sola, no vista por nadie. Se detuvo. Se detuvo indecisa frente a la mesa de un hombre gordo de retinto bigote que bebía un jarro de cerveza, sin mirarla, mirando por encima de la espuma de la cerveza el zapateo en el escenario. Estaba sola como si hubiera traído el árbol consigo, como si escondiera el perfil en la tajeada corteza y la mano pudiera apoyarse, olvidada, en el nudo de borde pulido.

Una mujer movió un sombrero con flores al inclinarse riendo y en seguida las tres caras de los zapateadores estaban mirándola, todos los rostros se habían vuelto hacia ella y por más que caminara, sin perder, oh, gracias a Dios, aquel andar amorosamente ensayado, siempre tenía que pisar tontamente en el sitio donde la luz era más fuerte, donde convergían las luces de colores, las miradas de todas las personas sentadas a las mesas y que paseaban sin prisa, solas, en parejas, con niños, sin prisa por el parque en la fresca noche de verano. María Esperanza cerró los ojos, sintió que tenía una mueca en la boca, volvió a abrir los ojos y avanzó hacia la mesa del hombre gordo que bebía su cerveza y que la descubrió de pronto e hizo una cara de bondad mientras movía un poco con dos dedos el nudo de su corbata, tironeaba de las puntas del chaleco, apartaba sobre la mesa la jarra de cerveza. Mirándola siempre con una expresión bondadosa, tan bondadosa que ella susurró que no y pasó de largo, rozando el cuerpo en una hilera de cañas de hojas filosas que repitieron, arrastrándolo, su susurro.

Un escándalo de aplausos resonó allá a la izquierda, mientras la mujer vestida de hombre se inclinaba, la gorra en la mano, el pelo desparramado hasta casi tocar las lamparillas blancas y azules de aquel azul repugnante que era capaz de enfermarla a ella María Esperanza, sudando, sintiendo como se ablandaba la pintura de su cara y el dolor que le hacían los tacones se le hundía como un filo en los tobillos.

Y en seguida de los aplausos otra vez se pusieron, todo el mundo se puso a mirarla y la tonadillera que apareció dando una vuelta por el escenario después de los zapateadores, caminando rápidamente mientras la orquesta tocaba rápidamente un paso doble, se clavó una mano en la cintura y cantó riendo, mirándola, caminó dos o tres pasos y volvió a cantar para ella, mirándola, burlándose, conversando solamente con ella mientras un temblor de risa se corría por las cabezas del público en las mesas.

Entonces abandonó la pared de cañas y se acercó a un hombre flaco, que fumaba sin moverse, con un sombrero de paja abandonado contra la nuca y se detuvo a punto de tocarlo, mirándole la cara. El hombre continuó fumando y sus ojos peque­os y tristes miraban siempre hacia adelante. Ella giró velozmente y fue, recta, pero ahora con la marcha suya de todos los días, despacio, las manos colgando, hasta la mesa del hombre gordo que está bebiendo una segunda jarra de cerveza que dejó en seguida, al verla llegar, para repetir su sonrisa de bondad hasta que ella se sentó a su lado en la mesita de hierro. Vio que por un instante el hombre gordo la estuvo mirando con su cara de bondad. Luego la ensombreció para llamar al mozo, volvió a sonreír-aquella gruesa dulzura de jarabe que parecía explicar que ella, María Esperanza, era hija de un hombre gordo de bigote negro que tomaba cerveza en el parque en la fresca noche de verano-, le tomó una mano del regazo la llevó siempre cubierta por la suya hasta encima de la mesa y le hizo una pregunta, una risa, otra pregunta por todo dos preguntas que ella no alcanzó a comprender.

TYRONE POWER: Recordando a un grande del cine…

Y es que el 15 de noviembre se conmemora la muerte de un grande del cine mundial;el Gran Tyrone Power; actor estadounidense, que se convirtió en una gran estrella al final de los años 30 y principio de los cuarenta. De actuación inolvidable, en sus mas recordadas peliculas:El signo del zorro; Sangre y Arena; Al Filo de la Navaja; Testigo de Cargo, solo por nombrar las mas conocidas.

Trabajó para los estudios Twenty Century Fox y fué la respuesta de este estudio a Errol Flynn que era la estrella de películas de época de la Warner Brothers. Participó en una docena de films de época y se destacó por hacer papeles románticos y dramáticos. Su agradable apariencia masculina iba acompañada de su gran versatilidad actoral lo que le permitió sentarse entre los grandes actores clásicos del cine. Es el padre de Romina Power, cantante radicada en Italia.

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Power  hizo una larga carrera, realizó más de 20 peliculas, aquí hay detalles de ellas.

Fiesta (1957)
actor
Testigo de cargo (1957)
actor
Cuna de héroes (1955)
actor
El caballero del Mississippi (1953)
actor
El correo del infierno (1951)
actor
Guerrilleros en Filipinas (1950)
actor
La Rosa Negra (1950)
actor
El capitán de Castilla (1947)
actor
El filo de la navaja (1946)
actor
El cisne negro (1942)
actor
Se fiel a ti mismo (1942)
actor
El hijo de la furia (1942)
actor
Sangre y arena (1941)
actor
El signo del zorro (1940)
actor
Tierra de audaces (1939)
actor
Vinieron las lluvias (1939)
actor
Chicago (1938)
actor
Amor y periodismo (1937)
actor

Acá hay una escena que nuca olvidé: 

En la Pelicula “The Mark of Zorro”  se enfrentan  Don Diego de la Vega  y Captain Pasquale; que no son otros que  El Gran Tyrone Power y Basil Rathbone respectivamente, disfruten esto.

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EL GRADO CERO DE LA ESCRITURA: Cap.IX La Escritura y la Palabra

Este es el penúltimo capitulo del texto “grado cero de la escritura”, un texto apasionante, lleno de sentido. Completen su estudio, lo que sigue será otro texto a definir pronto. En los siguentes trabajos nos abocaremos a trabajar nuevamente, sobre las ideas de barthes sobre la imagen.

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LA ESCRITURA Y LA PALABRA

Hace poco más de cien años, los escritores ignoraban generalmente la existencia de arios modos -y muy diferentes- de hablar francés. Hacia 1830, mientras la burguesía, ingenuamente, se divierte con todo lo que se encentra en los límites de su propia superficie, es decir en la exigua porción de sociedad que permite compartir a los bohemios, los porteros y los ladrones, se comenzó a insertar en el lenguaje literario propiamente dicho, algunos elementos tomados, prestados de los lenguajes inferiores, con la salvedad de que fuesen suficientemente excéntricos (sin lo cual hubieran sido amenazadores). Esas pintorescas jergas decoraban la Literatura sin amenazar su estructura. Balzac, Süe, Monnier, Hugo se complacen en restituir algunas formas suficientemente aberrantes de la pronunciación y del vocabulario; jerga alemana, lenguaje de porteros. Pero este lenguaje social, especie de drapeado teatral atado a una esencia, nunca comprometía la totalidad del que lo empleaba; las pasiones seguían funcionando más allá de la palabra.

Quizá fue necesario esperar a Proust para que el escritor confundiera totalmente ciertos hombres con su lenguaje, y no entregara sus criaturas sino como especies puras, en el volumen denso y coloreado de su palabra. Mientras las criaturas balzacianas, por ejemplo, se reducen fácilmente a las relaciones de fuerza de la sociedad de la que son como el relevo algebraico, un personaje proustiano se condensa en la opacidad de un lenguaje particular y en ese nivel se entrega y ordena toda su situación histórica: su profesión, su clase, su fortuna, su herencia, su biología. De tal modo, la Literatura comienza a conocer la sociedad como una Naturaleza cuyos fenómenos quizá podría reproducir durante esos momentos en que el escritor sigue los lenguajes realmente hablados, no como una reproducción pintoresca sino como objetos esenciales que agotan todo el contenido de la sociedad, la escritura toma como espacio real de sus reflejos la palabra real de los hombres; la literatura ya no es orgullo o refugio, comienza a hacerse acto lúcido de información, como si le fuera necesario primeramente aprender, reproduciéndolo, el detalle de la disparidad social; se da como misión la de dar cuenta inmediatamente, antes de cualquier otro mensaje, de la situación de los hombres amurallados en la lengua de su clase, de su región, de su profesión, de su herencia o de su historia.

En este aspecto, el lenguaje literario fundado sobre la palabra social nunca se libera de la virtud descriptiva que lo limita, ya que la universalidad de una lengua -en el estado actual de la sociedad-, es un hecho auditivo, de ninguna manera un hecho de elocución: en el interior de una norma nacional como el francés, las hablas difieren de grupo a grupo, y cada hombre es prisionero de su lenguaje: fuera de su clase, la primera palabra lo señala, lo sitúa enteramente y lo muestra con toda su historia. El hombre está ofrecido, entregado por su lenguaje, traicionado por una verdad formal que escapa a sus mentiras interesadas o generosas. La diversidad de los lenguajes funciona, pues, como una Necesidad, y es por ello que funda una tragicidad.

De tal modo, la restitución del lenguaje hablado, imaginado primeramente en el mimetismo divertido de lo pintoresco, acabó por expresar el contenido de la contradicción social: en la obra de Céline, por ejemplo, la escritura no está al servicio de un pensamiento, como un decorado realista logrado, yuxtapuesto a la pintura de una subclase social; representa verdaderamente la inmersión del escritor en la opacidad pegajosa de la condición que describe. Se trata siempre, sin duda, de una expresión, y la Literatura no se halla superada. Pero es necesario aceptar que, de todos los medios de descripción (ya que hasta ahora la Literatura sólo se quiso eso), la aprehensión de un lenguaje real es para el escritor el acto literario más humano. Y una gran parte de la Literatura moderna está atravesada por los jirones más o menos precisos de este sueño: un lenguaje literario que haya alcanzado la naturalidad de los lenguajes sociales. (Basta con pensar en los diálogos novelísticos de Sartre para dar un ejemplo reciente y conocido). Pero, cualquiera sea el éxito de estas pinturas, no son nunca más que reproducciones, especies de arias enmarcadas en largos recitativos de una escritura enteramente convencional.

Queneau quiso precisamente mostrar que la contaminación hablada del discurso escrito era posible en todas sus partes, y en él la socialización del lenguaje literario capta a la vez todas las capas de la escritura: la grafía, el léxico y -lo que es más importante aunque menos espectacular- la elocución. Evidentemente la escritura de Queneau no se sitúa fuera de la Literatura, puesto que, siempre consumida por una parte restringida de la sociedad, no implica una universalidad, sino sólo una experiencia y un divertimento. Por primera vez, no es la escritura quien es literaria; la Literatura se encuentra arrojada de la Forma: sólo es una categoría: la Literatura es ironía y aquí el lenguaje constituye la experiencia profunda. O mejor, la Literatura es llevada abiertamente hacia una problemática del lenguaje; en efecto, ya no puede ser otra cosa.

Por aquí se ve el esbozo de un área posible para un nuevo humanismo: a la general sospecha que alcanza al lenguaje a lo largo de la literatura moderna, se sustituiría una reconciliación del verbo del escritor y del verbo de los hombres. Sólo entonces el escritor podría considerarse enteramente comprometido, cuando su libertad poética se colocara dentro de una condición verbal cuyos límites serían los de la sociedad y no los de una convención o de un público: de otro modo el compromiso sería siempre nominal; podrá asumir la salvación de una conciencia, pero no fundar una acción. Porque no hay pensamiento sin lenguaje, la Forma es la primera y última instancia de la responsabilidad literaria, y porque la sociedad no está reconciliada, el lenguaje necesario y necesariamente dirigido, instituye para el escritor una condición desgarrada.

BENEDETTI V/S VARGAS LLOSA:Ni Corruptos Ni Contentos…

Este es un texto que hay que leer; es la respuesta de Mario  Benedetti a las criticas de Vargasllosa, que los llama a él y a otros de «intelectuales condicionados» o «perros de Pavlov»; defendiendo su sosprendente viraje  a la derecha. Un texto que describe bellamente, los entresijos de la militancia intelectual en America latina… lean, piensen y opinen, siempre es bueno opinar.

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Ni Corruptos Ni Contentos… 

 El innegable talento demostrado por Mario Vargas Llosa en sus siete novelas, los premios y honores acumulados en más de veinte años, así como la extraordinaria difusión alcanzada por sus libros, han generado y generan una razonable expectativa ante cada uno de sus comentarios y opiniones, aun cuando no se limiten al campo específico de la literatura.

En los últimos años, el autor de La casa verde ha mostrado cierta preocupación por explicar sus preferencias y desencantos políticos. Entre las primeras figura, por ejemplo, el Gobierno de su país, encabezado por Fernando Belaúnde Terry; entre los segundos están la revolución cubana y, de un tiempo a esta parte, la revolución sandinista. Desde 1960 a la fecha, Vargas Llosa ha efectuado un viraje espectacular en sus predilecciones políticas, y si bien siempre se ha esforzado por demostrar que su desvelo especial es la libertad, lo cierto es que hace quince años era entusiastamente apoyado por las izquierdas latinoamericanas, y hoy en cambio es halagado y arropado por las derechas. Es claro que en aquel apoyo y en este sostén caben anchas franjas de malentendidos que no corresponden al autor en cuestión, pero de todas maneras son señales a tener en cuenta. Las izquierdas suelen equivocarse en sus fervores; las derechas, casi nunca.

Me parece absolutamente legítimo que un escritor, y más si es alguien conocido y admirado como Vargas Llosa, se sienta tan presionado por la realidad como para pronunciarse frecuentemente sobre ella. La circunstancia de que muchos intelectuales latinoamericanos, a pesar de no practicar la obsecuencia ni la obediencia ciega que suele atribuirnos Vargas Llosa, mantengamos nuestra adhesión a las revoluciones de Cuba y Nicaragua no nos impide comprender que vanos aspectos de esas realidades hieran, vulneren o incluso descalabren ciertas pautas y arquetipos de otros intelectuales. De modo que mientras Vargas Llosa se limitó a expresar su visión personal de lo que consideraba un sistema político ideal (modelo que, con los años, se fue desplazando de Cuba a Israel), así como sus implacables juicios ante los arduos procesos revolucionanos, la distancia entre sus posiciones y las de la mayoría de los intelectuales latinoamericanos sigue creciendo, pero el respeto mutuo se mantuvo. Hoy Vargas Llos reconoce de manera explícita (véase la entrevista concedida a Valeno Riva en Panorama, Roma, 2 de enero de 1984) que su postura es francamente rninoritana entre los intelectuales de nuestros países. Esa comprobación no sólo lo sacude y lo irrita, sino que lo lleva a un nivel de agravios que no suele ser moneda corriente en el mundo cultural latinoamericano, donde siempre han existido y coexistido enfoques diversos y hasta contradictorios.

Frecuentemente leo artículos de Vargas Llosa y entrevistas que concede a los medios de comunicación; sin embargo, en el reportaje de Panorama antes mencionado encuentro por vez primera algunas tajantes afirmaciones que nunca vi reflejadas en sus colaboraciones latinoamericanas. Pude leer esa nota porque unos amigos me la enviaron desde Italia debido a que yo era allí directamente aludido. Corruptos y contentos titula Valerio Riva a toda página el artículo en cuestión, sintetizando así el diagnóstico de su ilustre interlocutor acerca de sus colegas latinoamericanos. Sólo menciona tres excepciones (aclara que «hay que buscarlas con linterna»); Octavio Paz, Jorge Edwards y Ernesto Sábato, pero tengo mis dudas de que este último se sienta halagado por integrar la terna. Según declara Vargas Llosa, el llamado caso Padilla le restituyó la soberanía individual, y desde entonces ya no se siente «una suerte de zombi, de robot, de instrumento», como sugiere que todavía han de sentirse muchos de sus colegas. Traza una línea divisoria entre los intelectuales de Europa y los de América Latina: «Entre los intelectuales europeos de izquierda ha tenido lugar un saludable replanteamiento, pero en América Latina la mayoría baila aún obedeciendo a reflejos condicionados, como el perro de Pavlov». Cuando Valerio Riva le pregunta cuántos y quiénes son esos «intelectuales condicionados», Vargas Llosa responde: «Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar. Éstos son los más ilustres, pero luego hay un número infinito de intelectuales medianos y menores, todos perfectamente manipulados, subordinados, corruptos. Corruptos por el reflejo condicionado del miedo de afrontar el mecanismo de satanización que posee la extrema izquierda. (…) Intelectuales respetabilísimos tragan las mentiras más infames simplemente para no ser triturados por ese mecanismo de difamación».

Entiendo que el propio Vargas Llosa no es una aceptable prueba de su teoría, ya que desde hace años se viene despachando a gusto sobre algunas de nuestras más firmes convicciones, y sin embargo no parece haber sido muy triturado: no sólo no recuerdo que nadie lo haya tratado de «corrupto y contento», ni siquiera de «perro de Pavlov», sino que más bien ha sido promocionado, elogiado, editado, premiado y traducido como pocos escritores de este mundo. Tal vez su caso podría ser ejemplo del extraordinario apoyo que puede lograr un escritor cuando, además de producir excelentes obras, ataca las posiciones y actitudes de izquierda. Realmente, Vargas Llosa no es demasiado convincente como modelo de intelectual triturado. Pero no se detiene allí: «En los países del Tercer Mundo y sobre todo en América Latina, el intelectual es un elemento fundamental del subdesarrollo. No es alguien que lucha contra el subdesarrollo, sino que él mismo es un factor de subdesarrollo, ya que es un gran propagador de estereotipos y crea reflejos intelectuales condicionados. Al repetir todos los lugares comunes de la propaganda, termina por obstruir cualquier posibilidad de creación de nuevas fórmulas de liberación», Tengo la impresión de que la teoría de los reflejos condicionados ha ido condicionando a Vargas Llosa. Gracias a Pavlov sabemos ahora que el subdesarrollo no es una consecuencia del desarrollado y sub-desarrollante imperialismo, ni de las intocables transnacionales, ni del extendido analfabetismo, sino del alfabetizado y maligno intelectual. Toda una revelación, aunque nos sea difícil imaginar (quizá debido a que somos zombis o robots) que Carpentier o Neruda resulten más culpables de nuestras miserias que la United Fruit o la Anaconda Copper Mining. Es probable que cuando Vargas Llosa menciona el carácter corrupto (y contento) de la mayoría de los escritores latinoamericanos esté pensando en el oro de Moscú. Lamentamos desilusionarlo. Ni los mejores atornillados robots de entre nosotros hemos tenido acceso a esa cuota áurea. Supongo que no se referirá a los derechos de autor generados en los países socialistas, en primer término porque son harto dificiles de cobrar, y en segundo, porque el propio Vargas Llosa ha sido profusamente publicado por las editoriales comunistas.

A un intelectual del alto rango artístico de Vargas Llosa debe exigírsele una mínima seriedad en los planteos políticos, particularmente cuando éstos ponen en entredicho la probidad de sus colegas. Hablar de «corruptos y contentos» en una rejón del mundo en la que hay tantos intelectualesperseguidos, prohibidos, exiliados; donde hay por lo menos veintiocho poetas (incluido su compatriota Javier Heraud) que perdieron la vida por causas políticas; un continente que ha conocido el holocausto de Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo; la desaparición de Julio Castro; el asesinato de Roque Dalton e Ibero Gutiérrez; la prisión de Carlos Quijano y Juan Carlos Onetti; la tortura de Mauricio Rosencof y la muerte heroica de Leonel Rugania; hablar de «corruptos y contentos» en ese marco de discriminación y de riesgo, de amenazas y de crimen es, por lo menos, una actitud insoportablemente frívola.

 

Ni corruptos ni contentos. El segundo calificativo es casi tan grave como el primero, y revela el mismo desconocimiento del material humano que hoy sostiene y profundiza la cultura de América Latina. ¿Cómo podremos estar contentos si en cada minuto muere un niño en América Latina debido ahambre o a enfermedad; si cada cinco minutos ocurre un asesinato político en Guatemala; si hay treinta mil desaparecidos en Argentina? Confieso que, en el fondo, ésta ráfaga de agravios, esta virulenta ofensiva que Vargas Llosa dedica a aquellos intelectuales que no comparten sus ideas, me decepciona bastante. Precisamente por haber disfrutado tanto, como lector, de la obra de Vargas Llosa, me entristece particularmente esta injusta diatriba, esta falta de mínimo respeto a quienes, como él, aunque probablemente no tan bien como él, luchamos a diario con la palabra y tratamos de convertirla en literatura, es decir, en patrimonio de todos. Hace tiempo que nos hemos resignado a que no esté con nosotros, en nuestra trinchera, sino con ellos, en la de enfrente, pero en cambio no podemos resignarnos a que, por diferencias ideológicas o amparado quizá en las dispensas de la fama, recurra al golpe bajo, al juego ilícito, para reforzar sus respetables argumentos. Afortunadamente, la obra de Vargas Llosa está netamente situada a la izquierda de su autor, y seguirá siendo leída con fruición por los zombis, los robots y los perros de Pavlov.

HISTORIAS DE CRONOPIOS Y FAMAS: Preámbulo e Instrucciones para dar cuerda a un Reloj

Hay una cosa, un algo implacable,
eterna y peregrina.
Un algo, que a veces va; y otras veces viene.
Es algo así como un tono, un ritmo, una cadencia.
Un palpito.
Imperturbable, en su travesía de la memoria.
Tenaz, en cada ojo, cada oído; en cada boca.

Es él; el carcelero celoso, de nuestros días contados.
El patriarca indomable de todos nuestros plazos.
El que te da la bienvenida; y te despide a la salida.
El tiempo.

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PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

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INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

 

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.


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