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La Torre de Babel: El Poder de las Palabras…

El lugar donde las palabras tuvieron poder por primera vez…

mes

septiembre 2007

MAS NOTICIAS DE BIRMANIA: Llego el bloqueo de las comunicaciones

Suguien luchando los Monjes Budistas en Myanmar – Birmania

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DESDE HACE DOS DIAS EL GOBIERNO MILITAR DE MYANMAR – EX BIRMANIA, HA BLOQUEADO A LOS DOS PROVEEDORES DE INTERNET QUE POSEE ESE PAÍS DEL SUDESTE ASIATICO, BLOQUEANDO ASÍ EL FLUJO INFORMATIVO QUE NOS MANTENÍA ALERTAS, E INFORMADOS: NO DEBEMOS PERMITIR, POR NINGUN MOTIVO, QUE ESTE SEA MOTIVO PARA QUE OLVIDEMOS LOS VALIENTES ESFUERZOS DE LOS MONJES Y LOS CIUDADANOS BIRMANOS, DE CAMBIAR EL SINO QUE LOS AFLIJE; DEBEMOS SEGUIR ALERTAS; LOS MONJES  Y SU VALIENTE PUEBLO NO DEBEN SER OLVIDADOS.

CONTINUAREMOS INFORMANDO.

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Y la Mverte no es vna Metáfora 

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MARCHAN LOS MONJES, MARCHA LA PAZ: Más noticias de Birmania

Noticias desde Birmania; Correponsal española en Hong Kong


Rosa María Calaf, periodista y corresponsal española en Hong Kong.

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Monjes budistas en una marcha en Yangón (Rangún).(Foto: Htein Win/© BMC, vía Asia Exile)

Cuando se ha decidido el camino; no hay vuelta atrás. La Marcha de los Monjes continúa imperturbable, incontenible…

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AVANZAN LOS MONJES EN RANGUN: La Paz avanza… imperturbable, indestructible

RANGÚN.- La Junta militar de Birmania ha impuesto el toque de queda hasta el amanecer en Rangún y Mandalay, la capital y la segunda ciudad del país (rebautizado Myanmar), para hacer frente a las protestas callejeras que lideran decenas de miles de monjes.
Este martes, las fuerzas de seguridad y policías armados con fusiles rodearon la pagoda Sule, en el centro de Rangún (ahora Yangon), que ha sido el centro de las masivas manifestaciones celebradas en los últimos días.
Mientras, los altavoces anunciaron que el toque de queda se extendería desde las 21.00 a las 05.00, hora local (01.30 a 09.30, hora peninsular española), y que tanto la capital como Mandalay permanecerán bajo control directo de los jefes militares locales durante 60 días.
Las medidas podrían indicar que el régimen se prepara para sofocar la creciente rebelión y llegan después de que el presidente de la Junta, Than Shwe, considerado un experto en la guerra psicológica, se reuniera con otros jefes castrenses en su cuartel general de Napydaw.

Advertencias a los manifestantes

Representantes de las autoridades recorrieron en camiones las urbes a lo largo del martes para advertir mediante megáfonos de que simplemente observar las marchas podría suponer una pena de tres años de cárcel, mientras que participar en ellas conllevaría hasta 10 años.
Por la tarde, tropas procedentes del este del país se dirigieron a Rangún mientras se distribuían cuartillas para avisar a los manifestantes de que se aplicará el Código Penal que autoriza la disolución por la fuerza de cualquier asamblea ilegal y el despliegue de los soldados si es necesario.
Esa advertencia por escrito siguió a la hecha la noche anterior por la jerarquía budista o ‘Sangha’, controlada por la Junta, en la que se ordenaba a los monjes que se recogieran en sus edificios para evitar la intervención militar.
La última vez que dio una orden similar, en 1990, las tropas ocuparon los monasterios y detuvieron a miles de bonzos y novicios después de que estos boicotearan las donaciones del Ejército en respuesta a los intentos del régimen por controlar el monacato.
Los generales birmanos no permiten la celebración de elecciones legislativas desde 1990, cuando Aung San Suu Kyi, la premio Nobel de la Paz que se encuentra bajo arresto domiciliario desde 2003, consiguió una victoria abrumadora que nunca ha sido acatada por la Junta.
(DIARIO “EL PAÍS”;AGENCIAS)

La manifestación de monjes budistas recorre Yangon, la capital de Myanmar.(Foto: AFP) 

BANGKOK.- Cerca de 70.000 ciudadanos, encabezados por unos 30.000 monjes budistas, han tomado de nuevo las calles de en Yangon a pesar de la amenaza de la Junta Militar de Birmania (rebautizada como Myanmar) de poner fin por la fuerza a las protestas callejeras que han alentado llamamientos a favor de la democratización del país. De hecho, la Junta ha despleado tropas y policías armados con rifles en el centro de la capital.
A su paso pacífico por las calles del centro de Yangon (antigua Rangún), los manifestantes gritaban “democracia, democracia”, mientras eran aplaudidos y vitoreados por ciudadanos desde las atestadas terrazas y tejados de los edificios, han indicado testigos a las emisoras de radio.
Entre los participantes había unos 200 miembros de la Liga Nacional por la Democracia (LND) que portaban el brazalete de esta formación política que lidera Aung San Suu Kyi, la premio Nobel de la Paz que se encuentra bajo arresto domiciliario desde 2003.
También algunos participantes llevaban en alto imágenes con el pavo real, el símbolo de la LND, el único partido que resiste a la intensa presión del régimen militar. Mucha gente optó por quedarse en sus casas por miedo a que el Gobierno militar ordenase a las tropas disolver por la fuerza las protestas callejeras.
La prensa estatal birmana salió a la venta este martes con las órdenes de la Junta Militar que prohíben la participación en las movilizaciones callejeras y advierten en las primeras páginas a los monjes que deben obedecer a la jerarquía budista y regresar a los monasterios. Según el Ministerio de Asuntos Religiosos, solamente un 2% de los miembros del monacato budistas participa en las manifestaciones que desafían a un régimen militar que gobierna el país desde hace 45 años.
La manifestación pacífica de este martes en Yangon comenzó, como viene ocurriendo desde el lunes de la semana pasada, con la congregación de los monjes en la pagoda de Shwedagon, en el casco antiguo, para orar. La afluencia de religiosos se produjo ante la presencia de varios camiones militares instalados en el exterior de Shwedagon y mientras otros vehículos con megáfonos recorrían la ciudad para advertir a la población de que las autoridades emprenderán acciones si se producen protestas, según la radio ‘Irrawady’.

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El lunes, unas 100.000 personas, muchas de ellas bonzos, participaron en Yangon en la mayor manifestación contra el régimen militar en 19 años, que fue secundada por movilizaciones similares en otras ciudades del país. Las protestas empezaron en agosto pasado, como consecuencia de la entrada en vigor de un aumento considerable de los precios de los combustibles, decretado por las autoridades, que disparó el coste de algunos productos básicos.


Manifestantes con una pancarta en los aledaños de la pagoda de Shwedagon. (Foto: AFP)

Lo que surgió el 19 de agosto como manifestaciones políticas organizadas por la LND y la Generación de Estudiante del 88, se transformó en septiembre en marchas pacíficas de monjes budistas, después de que varios bonzos fuesen golpeados y maltratados por la policía en una protesta. Miembros de la LND instaron ayer a los funcionarios y a los soldados a unirse a los manifestantes para democratizar Birmania y liberarla del yugo de los militares.
Los generales birmanos no permiten la celebración de elecciones legislativas desde 1990, cuando Suu Kyi, al frente de la LND, consiguió una victoria abrumadora, resultado que nunca ha sido acatado por la Junta Militar.  (ELMUNDO.ES;EFE)

 

 

“No hay incendio como la pasión: no hay ningún mal como el odio.”

Buda, Sidhartha Gautama

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MARCHAN LOS MONJES BUDISTAS EN RANGUN: La Fuerza de la Paz

“Los monjes budistas salieron por miles este sábado a las calles de Birmania, un redoble de su movimiento de protesta, que es el más intenso al que se enfrenta la junta militar en casi veinte años.

Unos 2.000 monjes marcharon por sexto día consecutivo en Rangún, la principal capital, y mil más en Mandalai, la segunda ciudad del país, según testigos.

Los religiosos, respetadísimos en ese devoto país budista, se han convertido en los estandartes de un movimiento de protesta popular contra el régimen que se inició hace un mes a partir de una repentina subida de los precios de los carburantes y el transporte público.” (AGENCIA AFP) 

 

 

BANGKOK.- Unos 10.000 monjes budistas se manifestaron en varias ciudades birmanas de forma pacífica para exigir disculpas al Gobierno por la agresión a varios bonzos a principios de mes, y unos 1.000 lograron concentrarse frente a la embajada de China, el principal aliado de la Junta Militar. La movilización vivió un momento muy emotivo cuando la opositoria birmana Aung San Suu Kyi, recluida desde hace cuatro años en su domicilio, ha salido a saludar entre lágrimas a los manifestantes.

(DIARIO “EL PAÍS”;AGENCIA EFE)

 Más de 2.000 monjes protestaron en una marcha en Mandalay, la segunda ciudad del país, situada en la zona de mayor actividad religiosa.
Mientras otros 1.000 se manifestaron en la antigua capital, Rangún, convergiendo en el templo sagrado de Schwegadon, bajo la atenta mirada de agentes de paisano.

También hubo protestas en otras cinco ciudades del país, un día después de que los líderes de los manifestantes declararan que no pararán hasta que caiga el gobierno.
Se tratan de las protestas más fuertes contra las autoridades birmanas desde el golpe de Estado ocurrido en 1988 aunque no hay informes de violencia.

(BBCMundo; internacionales)  

 

 10,000 religiosos salieron a las calles por sexto día protestando contra dictadura que oprime al país por casi 40 años. La revuelta pacífica de los monjes budistas en Myanmar (la antigua Birmania) subió otro peldaño al lograr sacar a la calle a 10.000 religiosos para exigir disculpas al gobierno por la agresión a varios bonzos a principios de mes. Un millar logró concentrarse frente a la Embajada de China, el principal aliado de la Junta Militar, y la lideresa del movimiento democrático, Suu Kyi, que cumple arresto domiciliario desde 2003, salió incluso a la puerta de su domicilio para rendir tributo a los monjes que se manifestaban. 

 

La revuelta pacífica de los monjes budistas en Myanmar (la antigua Birmania) subió otro peldaño al lograr sacar a la calle a 10.000 religiosos para exigir disculpas al gobierno por la agresión a varios bonzos a principios de mes. Un millar logró concentrarse frente a la Embajada de China, el principal aliado de la Junta Militar, y la lideresa del movimiento democrático, Suu Kyi, que cumple arresto domiciliario desde 2003, salió incluso a la puerta de su domicilio para rendir tributo a los monjes que se manifestaban. Según indicó un monje al diario digital Irrawaddy, los bonzos se pararon intencionadamente ante la delegación diplomática china sin realizar demandas ante el edificio, aunque sí dedicaron un cántico “de amor y bondad”. Fue el sexto día de marchas, que comenzaron con una concentración de unos 2,000 religiosos en la ciudad de Mandalay, en el centro del país. A la manifestación se unieron posteriormente varios miles de bonzos y monjes procedentes de otras pagodas, con incidentes similares en la antigua capital, Rangún.
Los monjes iniciaron sus protestas ante la negativa del Gobierno a ofrecer una disculpa por los maltratos sufridos el pasado por los bonzos del monasterio de Pakokku a manos de los agentes antidisturbios durante una manifestación.   (DIARIO “EL PAIS”; EFE)

Uno no es más bajo debido a su nacimiento,
ni el nacimiento nos hace santos.
Sólo los actos nos hacen bajos,
sólo los actos nos hacen santos.

Sutta Nipata 136

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JOSE ARTIGAS, EL CARAÍ MARANGATÚ: El Padre de los Pobres

Y a veces ocurre que, de cuando en cuando, la historia de nuestra atormentada América, “Esta América de color, taciturna”; da a luz a uno; que levanta  su mano poderosa para luchar, y por este medio, defenderla. Tal es el Caso del Uruguayo José  Gervasio Artigas (19 de junio de 1764 – 23 de septiembre de 1850).

 

 

Muchos otros mejores que yo, han recopilado su historia; aquí les dejo: Una cronología  que me ha parecido muy completa. Porque de lo que yo voy a hablar, es del ejemplo de Artigas, de la mano de un hombre, que señala en la dirección en la que ya señalan y señaláran muchos otros hombres como él; a la sason; Simón Bolivar,  los Hnos. Carrera, José de San Martín, Cesar Sandino, Jose Martí; una legión interminable de hombres que indican con tenacidad y obstinación el sendero de la grandeza para nuestro preciado continente. De Artigas; la Mano firme de un Oriental decidido a luchar la justicia para su pueblo.

“Cada día veo con más admiración sus rasgos singulares de heroicidad y constancia. Unos quemando sus casas y los muebles que no pueden conducir; otros caminando leguas y leguas a pie por falta de auxilios o por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio. Mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes, acompañan esta marcha manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas las privaciones. Yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de héroes, y al frente de seis mil de ellos que obran como soldados de la patria trabajaré gustoso en propender a la realización de sus grandes votos”.  

                                               (José Artigas,Exodo)

Este es Artigas; este hombre, que es llamado por los Indios Caraí Marangatú (padre de los pobres); proyecta,aún hoy, la sombra de su ejemplo a todos los Orientales. De este hombre se dijo: 

 “Aquí, donde el río se enoja y se revuelve en hervores y remolinos, sobre la meseta purpúrea rodeada de fosas y cañones, gobierna el general Artigas. Estos mil fogones de criollos pobres, estos ranchos de barro y paja y ventanas de cuero, son la capital de la confederación de pueblos del interior del Río de la Plata. Ante la choza de gobierno, los caballos esperan a los mensajeros que galopan trayendo consultas y llevando decretos. Un luce alamares ni medallas el uniforme del caudillo del Sur”

                                                  (José Artigas, Éxodo) 

 

Y esta  fue su bandera: 

La Bandera de Artigas, Protector de los pueblos libres. A todo uruguayo que me lea; acuerdense de él, no olviden su ejemplo, sus luchas, sus principios: NO LO OLVIDEN. Quiero postear además un poema de Don Joaquín Lenzina “Ansina” (1760-1860):

ARTIGAS Y LOS CHARRÚAS

 

¿De dónde viene esta gente oscura
Que no es de bronce ni negra?
Enigma es la raza charrúa
Que al suelo Oriental venera.

Grande es el misterio de estos indios.
acidos todos en libertad,
Se defienden sin nombrar a Dios
Con instinto de fieras y majestad.

¿Qué diré de estas gentes extrañas
Que desnudas recorren los campos?
Buscan siempre las alimañas
Que comen crudas entre tantos.

No hay ñandú que se les escape.
De sus boleadoras de piedra.
Hasta el tigre y el león se somete
Y se les rinde hasta el que no quisiera.

Aunque no tienen corazón de hielo,
Pelean sin temor de morir.
Sólo al Demonio le tienen miedo,
Y al espíritu que acaba de partir.

No usan ni crespón ni pañuelo,
Pero lloran a sus muertos con dolor:
Por cada difunto hacen duelo
Cortándose un dedo ¡qué horror!

Sus chozas de cuero de carpincho
Defienden con ardiente furor
Y así recorren a capricho
Arroyos, y cuchillas, sin pudor.

Los charrúas han vencido por igual
A los españoles y portugueses,
Que se metieron en la Banda Oriental:
A todos derrotaron varias veces.

A nadie respetan sino a Artigas.
Lo admiran por jinete valiente,
Porque no elude las fatigas,
Para que se respete a esta gente.

Según ellos es el Gran Cacique
 Y le obedecen con devoción:
Saben que así no habrá quien les quite
La libertad de su raza y nación.

 

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EL GRADO CERO DE LA ESCRITURA: Cap VII. Escritura y Revolución

Sigo entregándoles otra pieza más del rompecabezas de “El grado cero de la escritura”, como siempre, las mismas recomendaciones; léanlo, analícenlo y trabajenlo. El texto es fuerte y muy agudo, una fuerte coordenada de las letras modernas.

Y en esta ocasión algo más acerca de la vida del Maestro Barthes:

Su infancia la transcurrió en Bayona, y a la edad de diez años se trasladó a París. Realizó sus estudios en el Liceo Louis-le-Grand y en la Facultad de Letras de la Universidad de París. Allí se tituló en Letras Clásicas (1939) y Gramática y Filosofía (1943), pero después tuvo que interrumpir sus actividades durante varios años a causa de una enfermedad.

 

Fue lector (profesor nativo) de francés en Alejandría y en Bucarest. Después de la Segunda guerra mundial, entre 1952 y 1959 trabajó en el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), en París. Finalmente, fue nombrado jefe de Trabajos de Investigación y, luego (1962), jefe de estudios de la Escuela Práctica de Altos Estudios, organismo donde se dedicó a la investigación acerca de la sociología de los símbolos, los signos y las representaciones.

 

En 1967 escribió su obra más conocida, el ensayo “La muerte del autor”, y tres años más tarde, la que muchos consideran su obra más prodigiosa: S/Z. Durante la década de 1970 continuó desarrollando su crítica literaria, buscando nuevos ideales de textualidad y neutralidad novelística a través de sus obras.

 

Barthes murió en 1980 tras ser atropellado por una camioneta de lavandería en la calle de las Écoles, justo frente a la Sorbona, justamente cuando regresaba de una comida que había tenido con François Mitterrand, y que la prensa ocultó para evitar que acusaran al político de gafe.

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Barthes, Roland

ESCRITURA Y REVOLUCIÓN

El artesanado del estilo produjo una sub-escritura, derivada de Flaubert, pero adaptada a los designios de la escuela naturalista. La escritura de Maupassant, de Zola y de Daudet, que podría llamarse escritura realista, es una combinación de los signos formales de la Literatura (pretérito indefinido, estilo indirecto, ritmo escrito) y de los signos menos formales del realismo (palabras sacadas de los lenguajes populares, malas palabras, dialectales, etc.), de tal manera que ninguna escritura es más artificial que la que pretendió pintar a la Naturaleza más de cerca. Sin duda el fracaso no se encuentra sólo en el nivel de la forma, sino también en el de la teoría: existe en la estética naturalista una convención d lo real como existe una fabricación de la escritura. Lo paradójico se halla en que la humillación de los temas no implicó una retracción de la forma. La escritura neutra es un hecho tardío, será inventada mucho después del realismo, por autores como Camus y menos bajo efectos de una estética del refugio que por la búsqueda de una escritura finalmente inocente. La escritura realista está muy lejos de ser neutra, por el contrario está cargada de los signos más espectaculares de su fabricación.

De tal modo, degradándose, abandonando la exigencia de una Naturaleza verbal francamente extraña a lo real, sin pretender sin embargo reencontrar el lenguaje de la Naturaleza social -como hará Queneau- la escuela naturalista produjo paradójicamente un arte mecánico que significó la convención literaria con una ostentación hasta entonces desconocida. La escritura faubertiana elaboraba poco a poco un encantamiento, es todavía posible perderse en la lectura de Flaubert como en una naturaleza llena de voces segundas donde los signos persuaden más que expresan; la escritura realista no puede nunca convencer; está condenada únicamente a pintar en virtud de ese dogma dualista que quiere que no haya sino una sola forma óptima para “expresar” una realidad inerte como un objeto y sobre la cual es escritor sólo tendría el poder de acomodar los signos por medio de su arte.

Estos autores sin estilo -Maupassant, Zola, Daudet y sus epígonos- practicaron una escritura que fue para ellos refugio y exposición de operaciones artesanales que imaginaban haber arrojado de una estética puramente pasiva. Se conocen las declaraciones de Maupassant con respecto al trabajo de la forma y todos los procedimientos ingenuos de la Escuela, gracias a los cuales la frase natural se transforma en frase artificial destinada a testimoniar de una finalidad puramente literaria, es decir, aquí, del trabajo que supone. Sabemos que en la estilística de Maupassant, la intención del arte está reservada a la sintaxis, el léxico debe quedar más acá de la Literatura. Escribir bien -en adelante el único signo del hecho literario. es cambiar ingenuamente un complemento de lugar, “valorizar” una palabra, creyendo con eso obtener un ritmo “expresivo”. Pero la expresividad es un mito: no es sino la convención de la expresividad.

Esta escritura convencional siempre fue terreno predilecto para la crítica escolar que mide el precio de un texto según el trabajo que costó. Y nada más espectacular que ensayar combinaciones de complementos, como un obrero que coloca una pieza delicada. La escuela admira en la escritura de un Maupassant o de un Daudet, un signo literario finalmente separado de su contenido que pone sin ambigüedad a la Literatura como una categoría sin relación con otros lenguajes y por ello instituye una inteligibilidad ideal de las cosas. Entre un proletariado excluido de toda cultura y una “intelligentsia” que ya comenzó a cuestionar la Literatura, la clientela media de las escuelas primarias y secundarias, es decir, grosso modo, la pequeña burguesía, encontrará en la escritura artístico-realista -de la que en buena parte se hacen las novelas comerciales- la imagen privilegiada de una Literatura que tiene todos los signos deslumbrantes e inteligibles de su identidad. Aquí la función del escritor no es tanto la de crear una obra sino la de entregar una Literatura que se vea desde lejos.

Esta escritura pequeño-burgesa fue retomada por los escritores comunistas, porque, momentáneamente, las normas artísticas del proletariado no pueden ser distintas de las de la pequeña burguesía (hecho por lo demás conforme con la doctrina), y porque el dogma del realismo socialista obliga fatalmente a una escritura convencional, encargada de señalar bien visiblemente un contenido incapaz de imponerse sin una forma que lo identifique. Se comprende entonces la paradoja según la cual la escritura comunista multiplica los signos más burdos de la Literatura y lejos de romper con una forma, en definitiva típicamente burguesa -al menos en el pasado- sigue asumiendo sin reservas las preocupaciones formales del arte de escribir pequeño-burgués (por lo demás acreditado ante el público comunista por las redacciones de la escuela primaria)

El realismo socialista francés retomó por lo tanto la escritura del realismo burgués, mecanizando desenfadadamente todos los signos intencionales del arte. Veamos por ejemplo algunas líneas de una novela de Garaudy: “…el busto inclinado, lanzado con cuerpo y alma en el teclado de la linotipo… la alegría cantaba en sus músculos, sus dedos bailaban, livianos y poderosos… el vapor envenenado de antimonio… hacía latir sus sienes y golpear sus arterias, haciendo más ardientes su fuerza, su rabia y su exaltación.” Aquí nada se da sin metáfora ya que es necesario señalar pesadamente al lector que “está bien escrito” (es decir que consume Literatura). Estas metáforas que captan el más ínfimo verbo, no entran en modo alguno en la intención d un humor que intentara transmitir la singularidad de una sensación, sino que son solamente una marca literaria que sitúa un lenguaje como una etiqueta informa sobre un precio.

“Escribir a máquina”, “latir” (hablando de la sangre) o “ser feliz por vez primera”, es lenguaje real, no lenguaje realista; para que haya literatura es necesario escribir, “teclear” la linotipo, “las arterias golpeaban” o “abrazaba el primer minuto feliz de su vida”. La escritura realista, por tanto, sólo puede desembocar en un Preciosismo. Garaudy escribe: “Después de cada línea, el frágil brazo de la linotipo quitaba su pizca de matrices danzarinas” o: “Cada caricia de sus dedos despierta y hace temblar el carillón alegre de las matrices de cobre que caen en las ranuras como una lluvia de notas agudas”. Es la jerga de Cathos y de Magdelon.

Evidentemente hay que tener en cuenta la mediocridad; en el caso de Garaudy es inmensa. En André Stil encontraremos procedimientos mucho más discretos y que sin embargo no escapan a las reglas de la escritura artístico-realista. La metáfora aquí no quiere ser más que un clisé más o menos integrado en el lenguaje real y que señala la Literatura sin grandes problemas: “claro como el agua”, “manos apergaminadas por el frío”, etc.; el preciosismo está relegado del léxico a la sintaxis, es la artificial disposición de los complementos, como en Maupassant, la que impone la Literatura (“con una mano, levanta las rodillas, doblada en dos”) Este lenguaje, saturado de convención, sólo entrega lo real entrecomillado: se emplean palabras populistas, giros relajados en medio de una sintaxis puramente literaria: “Es cierto, alborota curiosamente, el viento”, o mejor aún: “En pleno viento, boinas y gorros sacudidos sobre los ojos, se miran con bastante curiosidad” (el familiar “bastante” sucede a un participio absoluto, figura totalmente desconocida en el lenguaje hablado). Por supuesto, es necesario dejar aparte el caso de Aragón, cuya herencia literaria es muy distinta, y que prefiere dar a su escritura realista un ligero tinte dieciochesco, mezclando en algo Laclos con Zola.

Quizá haya en esa correcta escritura de revolucionarios, el sentimiento de la impotencia para crear ya una escritura. Quizá también sólo los escritores burgueses puedan sentir el compromiso de la escritura burguesa: el estallido del lenguaje literario fue un hecho de conciencia y no un hecho revolucionario. Sin duda la ideología stalinista impone el terror a toda problemática, incluso, y sobre todo, revolucionaria: en definitiva la escritura burguesa es considerada menos peligrosa que su cuestionamiento. De tal modo los escritores comunistas son los únicos en defender imperturbablemente una escritura burguesa que los escritores burgueses condenaron hace tiempo, en el momento en que la sintieron comprometida con las imposturas de su propia ideología, es decir en el momento en que el marxismo se encontró justificado.

RESCATANDO A BORGES: El Inmortal Cap. I

A continuación un trabajo poderoso del maestro Borges; que habla de la relación del hombre con la vida  la muerte y la eternidad (o más bien la memoria). El texto, tiene ese andar intrincado, tan propio de “El Jardin de los Senderos que se Bifurcan”; esa nota reposada y erudita que se transluce, añeja y polvorienta, en practicamente todas las paginas Borgeanas; esa que nos lleva por complicados pasajes, donde lo fundamental no es el fin del camino sino el recorrido realizado.

 En ese sentido me quedo con estas lineas, aplastantes…

 “Ser inmortal es baladí (de poca importancia); menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.”

Y esto porque, para Borges. Todo lo que queda cuando se ha llegado el final, es tal vez, la única inmortalidad a la que nos es permitido acceder… LA MEMORIA.

“Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.” 

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EL INMORTAL

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

I

Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo…

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar – yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma – mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.

III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.

La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.

POR ELLOS, POR TODOS ELLOS: Nuestros muertos…

Palabras de Salvador Allende, ante las O.N.U

Esta es  la convicción de un hombre, que lo único que quería era un futuro mejor para su pueblo.

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“Colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser cegada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

En el momento en que Allende esta diciendo esta frase, los aviones se preparan para bombardear la Moneda, Allende los ve y los oye sobrevolarla; ya sabe que va a morir….

 

 PABLO MILANES: Yo pisare las calles nuevamente…

 

Un homenaje breve a todos aquellos que lucharon, pelearon y murieron, por el sueño de la patria revolucionaria… NADA ESTA OLVIDADO, NADIE ESTA OLVIDADO.

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora

POR NUESTRO COMPROMISO MÁS GRANDE HOY: La Memoria…

El último discurso de Salvador Allende

Las ultimas palabras de un héroe…

“Esta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para quienes han traicionado el juramento que hicieron: Soldados de Chile, comandantes en Jefe titulares y el almirante Merino, que se auto-designó Comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno y que también se auto-denominó Director General de Carabineros.
Ante estos hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser cegada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeño su palabra en que respetaría la constitución y la ley, y así lo hizo. Es este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, Espero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición: la que les señalo Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctima del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena conquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra: a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de su preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días están trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de una sociedad capitalista.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha; me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder… …la historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres el momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

NOTA: Despues de eso, la antena de Radio Magallanes fue bombardeada; su ultima señal al aire fue la cancion VENCEREMOS!

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