Este texto sorprende por el valor presente de algunas de sus reflexiones torno al tema de la foto y el candidato; la reflexión rueda implacable entre las ideas de la imagen y la representación, hay una o dos cosas que saber acerca de las represenmtaciones… sin mas el maestro Barthes.

Soy Focvs
Y la Mverte no es vna Metáfora

Barthes, Roland

Algunos candidatos a diputado adornan con su retrato sus folletos electorales,
lo que presupone que la fotografía tiene un poder de conversión que es necesario
analizar. Ante todo, la efigie del candidato establece un nexo personal entre él y los
electores; el candidato no sólo da a juzgar un programa, sino que propone un clima
físico, un conjunto de opciones cotidianas expresadas en una morfología, un modo
de vestirse, una pose. De esta manera, la fotografía tiende a restablecer el fondo
paternalista de las elecciones, su naturaleza “representativa”, desordenada por la
representación proporcional y el reino de los partidos (la derecha parece usarla más
que la izquierda). En la medida en que la fotografía es elipsis del lenguaje y
condensación de un “inefable” social, constituye un arma antiintelectual, tiende a
escamotear la “política” (es decir un cuerpo de problemas y soluciones) en provecho
de una “manera de ser”, de una situación sociomoral. Se sabe que esta oposición es
uno de los mitos mayores del poujadismo (Poujade en la televisión: “Mírenme: soy
como ustedes”).
La fotografía electoral es, pues, ante todo, reconocimiento de una profundidad,
de algo irracional extensivo a la política. Lo que atraviesa la fotografía del candidato
no son sus proyectos sino sus móviles, las circunstancias familiares, mentales, hasta
eróticas, todo ese modo de ser, del que a la vez es producto, ejemplo y estímulo. Es
claramente perceptible que lo que la mayoría de nuestros candidatos da a leer en su
efigie es su posición social, la comodidad espectacular de normas familiares,
jurídicas, religiosas, la propiedad infusa de ese tipo de bienes burgueses, como por
ejemplo, la mesa del domingo, la xenofobia, el bistec con papas fritas, la comicidad
del cornudo, en resumen, lo que se llama una ideología. El uso de la fotografía
electoral supone, naturalmente, una complicidad: la foto es espejo, ofrece en lectura
lo familiar, lo conocido, propone al lector su propia efigie, clarificada, magnificada,
orgullosamente trasladada al estado de tipo. Esta ampliación, por otra parte, define
exactamente la fotogenia: el elector se encuentra expresado y transformado en héroe,
es invitado a elegirse a sí mismo, a cargar al mandato que va a dar con una
verdadera transferencia física: delega su “casta”. Los tipos de delegación no son
Roland Barthes Mitologías
demasiado variados. En primer lugar se encuentra el de la posición social, la
respetabilidad, sanguínea y corpulenta (listas “nacionales”), o sosa y distinguida
(listas M.R.P.). Otro tipo es el del intelectual (aclaro que para el caso se trata de tipos
“significados” y no de tipos naturales); intelectualidad hipócrita de la Reunión
nacional, o “penetrante” del candidato comunista. En ambos casos, la iconografía
pretende significar la extraña conjunción de pensamiento y voluntad, de reflexión y
de acción: el párpado algo plegado deja filtrar una mirada aguda que parece extraer
fuerza de un bello sueño interior, sin que por eso deje de fijarse en los obstáculos
reales, como si el candidato ejemplar debiese unir en la imagen, magníficamente, el
idealismo social con el empirismo burgués. El último tipo es el del “buen muchacho”,
señalado al público por su salud y virilidad. Algunos candidatos, además,
interpretan de manera notable dos tipos a la vez: de un lado de la moneda aparece
como galán joven, héroe (en uniforme); del otro, hombre maduro, ciudadano viril
que impulsa adelante a su pequeña familia. Con frecuencia el tipo morfológico se
complementa con atributos absolutamente claros: candidato rodeado de sus
chiquillos (acicalados y arregladitos como todos los niños fotografiados en Francia),
joven paracaidista con las mangas remangadas, oficial revestido de condecoraciones.
La fotografía, en este caso, constituye un verdadero chantaje a los valores morales:
patria, ejército, familia, honor, pelea. La convención fotográfica en sí misma está, por
otra parte, llena de signos. La exposición de frente acentúa el realismo del candidato,
sobre todo si está provisto de anteojos escrutadores. En esta actitud, todo expresa
penetración, gravedad, franqueza: el futuro diputado dirige la mirada al enemigo, al
obstáculo, al “problema”. La exposición de tres cuartos, más frecuente, sugiere la
tiranía de un ideal: la mirada se pierde noblemente en el porvenir; no enfrenta,
domina y siembra un “más allá” púdicamente indefinido. Casi todos los tres cuartos
son ascen-sionales, el rostro aparece elevado hacia una luz sobrenatural que lo
aspira, lo transporta a las regiones de una humanidad superior, el candidato alcanza
el olimpo de los sentimientos elevados, donde cualquier contradicción política está
resuelta: paz y guerra argelinas, progreso social y beneficios patronales, enseñanza
“libre” y subvenciones a la remolacha, la derecha y la izquierda (¡ oposición siempre
“superada”!), todo esto coexiste apaciblemente en esa mirada pensativa, noblemente
fijada sobre los ocultos intereses del orden.

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