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Cuando amanece, hay un momento en el que ni la luz es luz ni las sombras son sombras, hay un momento de aletargado transito. Es el crepúsculo. Una hora leve, en la que se habla en susurros, una hora de promesas húmedas, una hora para amantes y asesinos. Yo normalmente no pienso en estas cosas, es decir, no son el tipo de cosas en las que uno piensa a menudo. Son el tipo de cosas que te asaltan justo después de una horrible pesadilla o después del sexo más apasionado, justo después de exhalar un ultimo suspiro de desahogo, ya sea por el placer satisfecho o bien de miedo desatado. Justo después de eso tu mente comienza a moverse, laxa y ondulante, como un enorme lagarto en un lecho pantanoso. Comienza ondulando imágenes, suaves y lentas, imperceptibles, ojos, bocas, luces, flores, piernas, montes, valles. Millones de colores girando vertiginosos por el rabilo de tu ojos, que aún cerrados, se pierden en la delgada línea roja que divide la fantasía de la realidad.

Cuando amanece, eres presa de emociones y pensamientos, que el resto del tiempo habitan en las sombras más profundas de tu corazón, se agazapan furtiva y arteramente, tras la moralidad y la ética con las que frenamos los impulsos más animales que aún nos recuerdan que no somos tan diferentes a las demás especies de este planeta. Cuando amanece, puedes oler el cuerpo de una mujer, y te vuelves un devorador de los sentidos, y hueles, miras tocas, lames, fuerzas, besas, rozas… urges a su cuerpo, por que tu propio cuerpo te esta urgiendo. Entonces no te das cuenta, pero estas jadeando, respiras agitadamente en su cuello de gacela… y jadeas porque luchas, luchas con sus piernas, por abrirte paso hacia sus profundidades recónditas, hacia la tibieza húmeda que aloja maliciosamente entre sus muslos, hacia las perfumadas profundidades de su sexo que tira de tus sentidos más salvajes. Solo entonces sabes que eres una bestia, solo entonces puedes ver al animal salvaje que te habita, furtivo y solitario, cuando el deseo se rebela a la mente y al corazón. Solo entonces sabes porqué a caperucita se la comió el lobo.Y que habría pensado caperucita de todo eso, ¿te habría mirado con ojos lascivos, mientras la devorabas, hambriento, sobre la hierba?, ¿has visto los ojos de caperucita mirándote alguna vez? ¿Has visto sus ojos, desorbitados, mientras clavas tus colmillos devoradores en su carne suave e inocente? ¿A cuantas caperucitas te has comido a lo largo de tu existencia? Es decir, no se trata de la carne devorada, o de lo que olvidas sumido en la ebriedad del la cacería, o de lo que omites cuando la abrazas; violador en invasivo. Ese abrazo que inmoviliza, que doblega, ese abrazo impositivo que somete la debilidad ajena. Ella es débil y espera tu fortaleza, ella es frágil por lo tanto tu eres fuerte, ella es espera y tu, naturalmente, acudes. Es el asalto definitivo contra alguien que espera ser conquistado… ¿o no?Se trata de ella. Mira la oscuridad que te rodea y dime que recuerdas haberla visto en ese momento, dime que puedes recordar que era ella o como era justo en ese momento, dime que sabes que era lo que pensaba, o lo que sentía, dime que en realidad, oíste el grito de caperucita mientras la devorabas y dime que sabías que gritaba de placer y no de dolor… miéntete, engáñate, convéncete. Pero no es así. No la viste, porque estabas ciego cuando rasgabas su carne, no la oíste porque estabas sordo cuando gruñías de placer al devorarle. Porque en realidad estabas ahí solo, por que en el fondo… la carne muerta no cuenta.

¿Oye y El amor?… A todo esto… que tiene que decir el amor de todo esto, Unamuno decía del amor: “Esas son cosas de libros…” y me pregunto si estas siendo en verdad, absolutamente romántico con ella, o en ella, o sobre ella, o… ¿solo es la disculpa para alimentar a la bestia? ¿Podrías mirarte a espejo y decirte que existe el amor, que es amor es e deseo devorador y despiadado que te somete, te engaña, te miente, te adula, te convence, te domina?

Y tu respirando agitado sobre el cuerpo laxo de ella que vuelve a dormir suave y serena, es demasiado para soportarlo, es demasiado para resentirlo, para admitirlo, que en realidad no eres el cazador… sino la presa.

Soy Focvs
Y la Mverte no esvna  Metáfora
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