Es raro comenzar estas líneas aquí; junto  al mar, a metros de la  orilla de la playa, como una luna llenísima, enorme y velada por las escasas nubes que se  atreven a aventurarse en el cielo antofagastino. Hornitos es un lugar extrañísimo, es un pequeño paraíso perdido en medio del desierto mas seco del planeta. Un lugar sin luz eléctrica, urbanizado a medias, donde puedes bañarte en una  playa que  prácticamente no es profunda, con un oleaje que es un a taza de leche, Con un sol miserable y despiadado; que te  persigue y te quema con paciencia y  tenacidad… todo el tiempo.            

  Es un lugar  tranquilo, sin  el bullicio de una Reñaca; sin  las  aglomeraciones de una Serena. Pero con todas las  bellezas y los placeres de ambas; sin tener que envidiarle  nada a nadie. Hornitos era un misterio para mí hasta  que mi gata (el amor de mi vida) me  hablo de él; y me  habló, y me  habló, y me  habló, y me  habló; hasta que me convenció de venir. Este es el lugar donde  vacacionaron sus ancestros (hay fotos de los abuelos de mi gata vacacionando aquí) mi gata se crió pasando todos sus veranos en estas  playas calmas, con arenas blancas y ambiente monástico. Tal vez esto la explique un poco (a ella), tal vez haya que venir a Hornitos para comprender su forma de ser y de  ver el mundo; en estos momentos esta en una hamaca a mi lado leyendo por enésima vez “El Conde de Montecristo”, de seguro en uno minutos más se quedará dormida; entonces,  yo le quitare su libro, la arroparé, apagare las luces y dormitare junto a ella en otra hamaca. Y es que, aquí en Hornitos, la vida es más tranquila, es más simple, es así.

               La luna surca el cielo, lenta y perezosa. Son las 21.37 llevamos dos días en  Hornitos, y  parece difícil  pensar en  que, eventualmente, tendremos que salir de aquí. Es nebuloso he impreciso, pero hay una cierta  noción de que, en algún momento  tenemos que volver al bullicio capitalino, a sus carreras  frenéticas, a su incesante angustia permanente por llegar (siempre tarde) a algún sitio, a su estrés, a su transito neurótico, y ahora con el transantiago, caótico además. Sin embargo por alguna razón pienso que el recuerdo de la playa de Hornitos, quedara  como un  bálsamo vivificante, no solo por que se la podrá recordar (solo hasta  hoy llevo mas de 300 fotos) sino porque siempre esta la promesa que te serena, que te  calma, que te logra relajar… la promesa de que, el verano que viene, regresarás.

Soy Focus
Y la Muerte no es una Metáfora

Hornitos1

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